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¿Existe América Latina?
por Rubens Ricúpero

No se pretende aquí negar lo obvio: que, en término de lenguas, pasado histórico, tradiciones culturales, problemas comunes, los pueblos de América Latina son menos diferentes entre sí que los de Asia, Europa, Africa, donde, a veces, un solo país abriga cien idiomas y etnias diferentes. La unidad básica no ha impedido, con todo, que se venga acentuando, en los últimos tiempos, una tendencia a la creciente diversificación entre México, América Central y el Caribe, de un lado y América del Sur, del otro. Para evitar repetir los nombres de las regiones, hablaremos simplemente del norte y sur de América Latina.

La diferenciación se viene tornando más nítida en dos sectores fundamentales: el grado de inestabilidad política y la dependencia económica y comercial en relación a los Estados Unidos. En el primer caso, el norte aparece más calmo, menos inestable que el sur y ese cambio es reciente. Hasta los años 80, América Central era el "hombre enfermo" del continente, con el sandinismo en el poder en Nicaragua, la guerrilla fuertemente organizada en El Salvador y la guerra civil con visos de genocidio en Guatemala. En el Caribe anglófono, Jamaica de Michael Manley era el foco de las preocupaciones, aunque las complicaciones aumentasen en Granada y otras islas. La República Dominicana se recuperaba lentamente del largo reino del terror de Trujillo y de la intervención extranjera de 1966, la tragedia haitiana provocaba nuevas intervenciones, la tensión, no sólo de Washington, sino de otros gobiernos contra Cuba se mantenía en un nivel peligroso. Completaban el cuadro los temores americanos por la seguridad del Canal de Panamá, debido a la aproximación entre Noriega y Castro, así como los sangrientos acontecimientos del Suriname, que, aunque físicamente en América del Sur, presenta, como la Guayana, muchos trazos caribeños.

Poniéndose hoy a mirar ese vasto espacio barrido por los huracanes, que se extiende de los desiertos mejicanos al "polvo de las islas" del Caribe, lo que se ve es una placidez cálida, mecida por salsas y merengues, calipsos y reggae. El contraste no podría ser mayor con los roncos subterráneos, las súbitas erupciones anticipadoras de explosiones volcánicas, a lo largo de todo el arco andino, de Venezuela a Colombia, Bolivia, al Perú, Ecuador hasta la Argentina al sur. Por lo menos hasta ahora, el fin de la guerrilla en América Central aparentemente entró en una etapa de estabilidad menos precaria que la de la partida de los dictadores militares sudamericanos. ¿Será ilusorio, fugaz, una pérdida de ritmo apenas entre norte y sur en el eterno retorno del ciclo de turbulencia?

A medida que se avanza para el norte, aumenta, en la misma proporción, la intensidad de la dependencia económica y comercial en relación a los EE.UU. El grupo más septentrional - México, América Central, algunos caribeños más incluyendo también a Colombia y a Venezuela (debido al petróleo) - encuentra en el mercado americano el destinatario de un máximo del 88% a un mínimo de 48% de sus exportaciones (el porcentaje de las importaciones es similar). Para el segundo grupo - Ecuador, Chile, Bolivia, Mercosur - los EE.UU. absorben entre 38% en el caso de Ecuador, hasta apenas un 8% en Paraguay, del total de las exportaciones (para Brasil, ha oscilado en los últimos años entre 24% y 19%). Los resultados son similares cuando se examinan otros índices de dependencia económica: origen de las inversiones directas, ubicación de los mayores acreedores de la deuda, fuentes de remesas financieras de inmigrantes, procedencia de turistas, etc.

La primera conclusión de ese análisis es que la geografía aún cuenta y mucho, a pesar de todo lo que se dice sobre la globalización y su supuesto efecto de anular la distancia. No es novedad que, desde los orígenes coloniales, los yanquis siempre le prestaron, para bien y para mal, atención prioritaria a su entorno físico inmediato, buena parte del cual - de Florida y Puerto Rico a Louisiana, Texas, California - compraron, anexaron o asociaron. La doctrina Monroe, la política del "big stick", las guerras contra México y España, las repetidas intervenciones y ocupaciones en Nicaragua, Haití, Cuba, Panamá, tuvieron básicamente por escenario esas extensiones terrestres y marítimas del norte. En ese sentido, existe una línea de continuidad histórica de ese pasado con el padrón reciente. El "big stick" y las intervenciones sobrevivieron en el apoyo a los "contras", en las operaciones clandestinas de financiamiento y orientación al combate musculoso de la guerrilla, llegando directamente al uso de la fuerza en Granada y en Panamá. Pero el sur, excepto en episodios como la caída de Allende y, debido a las drogas, de la guerrilla colombiana, los métodos son más sutiles.

La misma diferencia de padrón se manifiesta en materia económica. Compárese, por ejemplo, la rápida, sólida y eficaz ayuda con que se socorrió a México en la crisis del "tequila" con la indiferencia y frialdad frente a las convulsiones agónicas de Argentina. Si las invasiones de Granada y Panamá constituyen un eco distante del "big stick", en términos más benignos, la política de la "buena vecindad" o la Alianza para el Progreso reaparecen en el ALCA. Tampoco causa sorpresa que ésta haya comenzado por México (NAFTA) y el Caribe ("Caribbean Basin Initiative") y que las ofertas tarifarias americanas establezcan una sabia dosis descendente, favoreciendo primero a los caribeños, después a los centroamericanos (con los cuales ya están negociando un acuerdo por separado), un poco menos a los andinos para alcanzar, por último, a los sureños. Nada más lógico por la geografía y la historia.

La segunda y más relevante conclusión es que la diversificación es real y creciente, pero es sobretodo de grado, no de esencia. Se procesa dentro del padrón común, que es la dependencia general en relación a los EE.UU. Lo que da unidad irreductible a América Latina y al Caribe es la forma de inserción en el mundo. En el pasado, como colonias de explotación, suministradoras de productos primarios a los mercados internacionales, en el presente, como economías en gran medida aún dependientes de la exportación de "commodities" y de la importación de ahorro externo. Situándose en el área directa de la afirmación de la hegemonía americana, la región tendrá que redefinir el modo como se relaciona con los EE.UU., si quisiera reformular en términos cualitativos su inserción global. Basta considerar los índices de pobreza, indigencia, concentración de renta, uniformemente insatisfactorios, para constatar que ninguno de esos países tuvo pleno éxito en cambiar la dimensión cualitativa de la inserción. Es esa deficiencia común que permite continuar afirmando, a pesar de la diferenciación, la fundamental unidad de América Latina como un problema a la espera de solución. LA ONDA® DIGITAL


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