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Filosofía del Viejo Vizcacha
Vivian Trías permanece

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

"Donde los vientos me llevan
Allí estoy como en mi centro-
Cuando una tristeza encuentro

Tomo un trago pa alegrarme;
A mí me gusta mojarme
Por ajuera y por adentro". 

José Hernández,
“Martín Fierro –
Consejos del Viejo Vizcacha

Canto XV  (2da. Parte)”

Ser persona y estar entre la gente. Permanecer. Saber ser, sin tapujos, abierto a la vida, reflexivamente, inteligentemente pero por sobre todo, cordialmente. 

Este gran americanista, socialista y humanista que fue Vivian Trías, supo ya desde muy joven, cultivar un pensamiento reflexivo que, a resultas de la obra del argentino José Hernández, con su “Martín Fierro”, pueda ahondar, y lo consiga, en aquellas cuestiones más caras pero también más urticantes al espíritu humano. 

El hombre con sus contradicciones, sus laceraciones y sus rispideces entre tener y ser, entre querer u odiar, entre pasar y  atreverse, vamos, entre ser hombre y ser, además, humano. 

Vitalmente humano fue este uruguayo que nos legó una obra y una vida dedicada a la comprensión del otro, al entendimiento con el otro que es, repitámoslo una vez más, la vía única de llegar a conocerse uno mismo, de la mano de la responsabilidad colectiva que innegablemente supo dar de sí, espontánea y magistralmente. 

Cuando todo parece oscurecer nuestro horizonte, un hálito de buen aire viene a golpear nuestro rostro despertándonos nuevamente a los colores más vívidos de la paleta de nuestra existencia. Es así que toda vez que un momento, por malo que sea, amenaza quedarse, propagarse, deshacerse en miles de tiempos, de espacios temporales signados por lo sombrío que el hombre tiene en sí cuando abandona respeto a la propia vida, una página puede más que la brutal ignorancia del cotidiano existir. 

¿Cómo es esto? En la revista uruguaya de la primera mitad del siglo XX, llamada “Nacional”, y en uno de los tomos que la recopilan, hallo un texto de un joven prometedor, Vivian Trías[i]. 

Corría el año de 1942, con todo lo que esto trajo consigo, política y socialmente,  y un muchacho de tan solo 20 años, logra publiquen un ensayo que comprenderá, así reza al pie de la primera página, un libro de “pronta publicación”, que se intitulará “Ser y Estar”. Curioso nombre por lo que iba a motivar, grandemente, la vida de este estudiante de medicina, en aquel entonces, su vocación americanista. 

Este ensayo se intitula y trata sobre la “Filosofía del Viejo Vizcacha” que, como se sabe es, digámoslo así, la contracara o el contrapunto, si me permiten los entendidos, del recordado Martín Fierro, creación fraterna de ese argentino que se llamó José Hernández, grande por su humanismo, elevado por su veta literaria. 

El gaucho y su tiempo
Comienza Trías su ensayo sobre este curioso personaje, afirmando que, probablemente, la primera filosofía haya sido una filosofía del dolor. “Es decir”, alega el joven escritor, “que la afirmación enunciada se cumple en el hombre abisal, en aquel que está en contacto inmediato con la naturaleza, en aquel en el cual los libros no han servido de intermediarios entre las cosas y su espíritu, en aquel del dijo Kaiserling, que su alma venía directamente de la tierra, que era esencialmente telúrica.”
[ii] 

Y un poco más adelante, Trías amplía esta aseveración al afirmar que “la filosofía del viejo Vizcacha es así; una areflexión sobre la vida o mejor, sobre el dolor de vivir. Sus consejos forman un sistema filosófico sencillo, no tiene la fuerza constructiva del sistema kantiano, ni la belleza poética e intuicionista de Bergson. En realidad, su filosofía no está ordenada en un sistema, no es sistematizada, ni siquiera constituye una construcción con un comienzo y un fin. El hombre y la vida; he ahí, en síntesis, la filosofía del viejo Vizcacha.”[iii] 

Pausa para asimilar, pausa para volver sobre nuestros recuerdos y entender que estamos en el mundo no ya del autor del ensayo hoy analizado sino y antes bien, en el ambiente del gaucho y de sus contrarios, Martín Fierro y el viejo Vizcacha, tema y anatema pero ambos partes de un arquetipo que se dio cita en estos parajes del sur de nuestra América, la América del Sur. 

Y ¿cómo comprender esta situación sin ni siquiera mencionar ese brebaje, esa infusión tan cara a aquellos y tan necesaria a nuestra forma de ser, o de entender, el modo mismo del pensamiento reflexivo, mate en mano, para repostar en un mundo siempre desafiante, en un clima no todas las veces amigable? 

Decía otro uruguayo de su época, y me refiero a Roberto Ares Pons, que “ciertas reflexiones acerca del mate y sus virtudes se asociaron en mi mente al mito de Sísifo, por la lectura de un ensayo de Camus. El mate significa, para el criollo, el momento en que Sísifo desciende; el momento en que, ensimismado, se hace superior a su destino, al insensato y tedioso afán que le ha impuesto. El mate es un pasatiempo, sin ser una distracción; así muestra su abolengo proveniente de ciclos vitales antiguos.”[iv] 

Por tanto, más que a tono la expresión de Trías: “Los consejos del viejo Vizcacha parece que se paladearan, que tuvieran sabor... sabor a mate amargo o a ginebra. Los consejos del viejo Vizcacha nunca fueron sabidos y aprendidos, sino sentidos y vueltos a sentir.”[v] 

Seguidamente, Trías desmenuza y articula texto y contexto, recuerdo y reflexión sobre la condición misma del hombre en toda época, en toda circunstancia, al dar luz sobre sus cuestiones primordiales, aquellas que dicen o desdicen respecto de su adaptación interior o no al mundo circundante. 

Este viejo sin prisa y con penas a cuesta, se ha quedado al margen del camino del sentimiento profundo y la valoración de la esperanza que anida, cómo no citarlo, en el conocimiento mismo, y su vivencia, que es el amor. 

Este viejo sufrido y resentido hace gala de una moral que “aparece” al decir de Trías, como “negativa”. Veamos: “Digo que “aparece” como negativa, porque la valorización de una moral no se puede hacer de un modo absoluto, considerándola aisladamente sin los hombres que la practican y sin el medio social-político, que es el principal factor en su formación, en que se desarrolla.”

Y añade estas frases que conviene remarcar: “Muchas veces son las condiciones y formas exteriores de la vida las que determinan las condiciones internas, en la formación de esa conducta. En efecto, la posición moral que un hombre o muchos hombres adoptan en su plena formación, no ha surgido de una reciente elaboración, de un reciente razonamiento, sino que es el producto de una evolución larga y continua a través de la cual se ha dado el juego del hombre y la vida.”[vi] 

Trías nos conduce a aquello que caracterizó, y angostó, al viejo Vizcacha, su visión individualista y alienada de la vida al considerar siempre su posición moral desde un punto de vista personal sin importarle la situación de nadie más, salvo la suya, obrando en consecuencia en su exclusivo y errático beneficio. 

Seguidamente, trata el tema de la leyenda y cuánto de verdad y cuánto de ilusión o engaño suele ésta traer consigo al abordar superlativamente temas y personas, en su felicidad como en su tragedia, desconectándose y perdiéndose para nosotros para el que vendrá, otra manera de ver lo que aquel sujeto humanamente hizo y sintió en su propia circunstancia de vida. 

Así, por ejemplo, el gaucho como tal fue al tratársele desde la leyenda, desde el horizonte de lo imaginario, con su altivez, gallardía y vestimentas, nada se nos dice, en tales relatos, de su vida común, de lo diario de la misma, de “sus alegrías íntimas y de sus recónditas tristezas; en sus páginas” destaca el joven Trías, “ha quedado el héroe que hubo en el gaucho, pero no el hombre.” Faltaba quien nos abra “la pequeña ventana que nos lleve a su intimidad, la pequeña ventana, de la cual ha dicho Marañón, es imprescindible se abra de par en par para conocer a un hombre o a un pueblo.” 

Banalidad y prisa
De ahí que, para Trías como para tantos de nosotros, “el poema de Hernández, precisamente, tiene esa significación, el haber abierto esa ventana de par en par, el habernos llevado a la vida íntima del gaucho y a su íntima tragedia. Al hacerlo, más que una obra de reivindicación, realizó una obra de explicación, de justificación.” 

Época en la que se dio la explotación del hombre por el hombre, donde, recuerda Trías, “los fines colectivos del gobierno, se transformaron en fines personales, y las investiduras oficiales, servían más que nada, para enriquecerse a costa del subordinado.”  

Está hablando de la época del gaucho pero bien pudo haberse referido a la nuestra, a la inmediatamente pasada y a este presente que nos cuesta poder ver desapasionadamente cuando tantos y tantos reniegan no ya de ideologías sino de procederes coherentes con lo digno del hombre público en una democracia que sea tal y, no tan sólo, en una puesta en escena de una obra electoral que se presenta cada equis cantidad de años. 

Trías hablaba de la vergüenza y nosotros hablamos de la pérdida de referencias. Que el hombre contemporáneo, de este como de otro lar, suele padecer toda vez que deja de atender a lo sustantivo de la vida: el otro, el humano y los valores esenciales a defender y conjugar: el amor, la decencia, el trabajo justo y la distribución equitativa de las ganancias.  

Vergüenza y dignidad
Vergüenza y respeto; dignidad y querencia; tiempo que no es prisa, espacio que no es cárcel, cielo que no es techo sino firmamento donde dibuja el niño y la niña los sueños que mañana todos debemos bregar porque sean realidad en armonía con esos otros chicos y chicas que están a la vera del camino asfaltado que viven, o desviven, en casuchas dibujadas en laberintos de otras tantas “casas” donde la ilusión faltó sin aviso, y la reflexión es incomprensible para el que no tiene alimento, para el cuerpo y para el espíritu.

Que el guacho habrá muerto pero la desconsideración perdura y la tragedia de aquel, hoy nos interpela en este mundo que atraviesa una fase difícil, rara, harto complicada para mantener en alto la ilusión de una vida digna donde no haya varios mundos sino, digámoslo, varias humanidades.  

Que la vida se privatice y cosifique, que ya no se trate de personas ni de ciudadanos sino de consumidores y de factores aleatorios en la consideración de lo pretendidamente serio que suele ser todo lo relativo al dios mercado. 

Hoy, cuando la banalidad campea y sus ventanas más exquisitas, los noticieros televisivos o telediarios muestran desproporcionadamente lo falto de profundidad, de la mano de la prisa que busca la sensación, el efecto, antes que un motivo para pensar como los medios para despertar conciencias. Algo que el propio Ares Pons, a propósito del elogio al mate, recuerda respecto de “la confusa baraúnda que divierte, distrae de sí mismo y de su verdadera vida al hombre” y que Trías al reflexionar en torno a la obra de Hernández, traza con singular claridad. 

Hoy, donde los determinados hombres públicos suelen privatizarse y hacen, las más de las veces, de sus exposiciones un show, perdiendo de vista su tarea y su real función en la sinfonía de la obra que es de la sociedad toda, a la que se deben, por ejemplo. No es, pues, mala cosa detenernos, mirar el mate para ver si merece una cebada más y dejar ir nuestro pensamiento hacia regiones más propicias al realce de nuestra conciencia crítica. 

Porque la conciencia ni es un órgano ni nos viene dada. La conciencia se ejercita en la acción meditativa cotidiana y en el ejercicio de esa tarea a veces tan dura pero necesaria: saber vernos en el espejo y convenir en aquello que debemos mejorar para poder dar más y mejor de nosotros mismos a la sociedad que integramos. Sin perder en tales disquisiciones el sentido mismo que nos impela a ser y a estar, el afecto, nuestros sentimientos más hondos por lo nuestro y los nuestros, hablo de nuestra circunstancia y nuestros referentes no apelando a etnocentrismos tan vanos como deformantes, dejando el amargor para el mate bien como para los sinsabores que la vida misma trae consigo y que en este acto reflexivo buscamos aprehender para poder ver mejor y actuar en consecuencia, pero en armonía con el sentir. 

El joven Vivian Trías, que luego tuviera una vida ejemplar como ciudadano, como escritor y como hombre común, da los dos aspectos vitales a uno como al otro, a Vizcacha como a Fierro, el resentimiento y la comprensión. 

Resentimiento
Dice Trías que “el resentimiento es un estado psicológico. Pero no un estado transitorio como un enojo o una alegría súbita, sino un estado permanente, que una vez que aparece, salvo rarísimas excepciones, lo hace para siempre y colorea con sus tintes propios todas las acciones y todos los gestos del hombre que lo posee.”
[vii] 

Pero, nos advierte Trías, la falta de generosidad y la incapacidad de amar son las condiciones que favorecen el surgimiento del resentimiento puesto que la generosidad de alma es al resentimiento, como el antídoto al veneno; lo evita y lo cura. Y, recordando una vez más a Marañón, manifiesta que la raíz más profunda de la generosidad es la comprensión. 

Comprensión
Se ha enfriado el mate, tiempo es que lo arregle, si puedo. 

Pues sí, si hay resentimiento también hay, en la sinfonía de lo humano, lugar para la comprensión. 

Así lo entiende Trías y conviene recordarlo: “En realidad hay dos maneras de comprender. Una inconsciente, de naturaleza pasional, por medio de la fusión íntima, de la consubstanciación entre la cosa comprendida y el espíritu, que hace que se penetren mutuamente, que se identifiquen en un solo sentido, en una sola dirección. Es decir, un modo de comprensión de carácter instintivo; como los pueblos comprenden a sus héroes y las masas a sus caudillos. Otra manera de comprender es aquella que ha definido magníficamente Rodó: “comprender es, muchas veces, tolerar y tolerar es fecundar la vida.” 

Trías nos habla del análisis, de la consideración imparcial y serena, sin apasionamiento, nos dice, de los problemas, pero casi siempre, en el fondo, se traduce en tolerancia hacia los demás y hacia uno mismo. 

Apela tanto al rigor cuanto a la misericordia sea para con los otros como para con uno mismo. 

Y continúa Trías como continuará su vida tan rica en enseñanzas nacidas del ejemplo de una existencia que valió la pena ser vivida y que hoy merece, como lo merecerá mañana, ser recordada para poder comprender mejor de lo que se trata. 

Nos quedamos cavilando sobre estos temas que merecen les demos tiempo y también espacio. 

Resentimiento y comprensión; leyenda y realidad; vergüenza y dignidad; amor; responsabilidad colectiva. Ser. Y estar. 

Mejor preparo un mate nuevo.

[i] Trías, Vivian, “La Filosofía del Viejo Vizcacha”, Revista Nacional, Tomo XVIII, Nº 54, junio de 1942, Págs. 415 a 430.
[ii] Idem, Pág. 415.
[iii] Ibidem, Pág. 416.
[iv] Ares Pons, Roberto,  Carlos Real de Azúa, Antología del Ensayo Uruguay Contemporáneo, Tomo II, Universidad de la República, Montevideo, año  1964, Pág. 548.
[v] Ibidem, Pág. 417.
[vi] Ibidem, Pág. 420. 
[vii] Ibidem, Pág. 424.

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