(Parte II)
Wenceslao Varela
y los poetas
por Martín Bentancor

En el número 402 de La ONDA digital (agosto de 2008), el autor del siguiente artículo, presentó una semblanza de Wenceslao Varela que se detenía en algunos aspectos de su biografía en estrecha relación con su obra. Esta vez, y como homenaje a su figura en el Día del Patrimonio, una aproximación a la obra del gran poeta maragato y su vinculación a los nombres de Luis Alberto Martínez, Florentino Callejas y Serafín J. García

 

La obra de Wenceslao Varela se compone de un corpus diverso, heterogéneo en lo formal y de variada apertura temática, lo que la vuelven más compleja y decididamente polisémica. Los poemas que habitan sus libros ofrecen una mirada profunda del interior uruguayo, de la idiosincrasia de los habitantes de la campaña y se detienen en aspectos poco frecuentados por las plumas ilustres del Parnaso. Varela puede escribir sobre los detalles que componen un amanecer campesino, la delicadeza de dos manos femeninas que alcanzar un mate o las peripecias de un duelo criollo con su correspondiente carga de rencor y violencia.

 

Un subtema o categoría mínima que puede desprenderse de la totalidad de su obra, la componen un conjunto de poemas dedicados a exaltar, homenajear o simplemente describir a otros poetas que, como él,  hicieron del ámbito criollo su forma de arte y de vida. Sin jamás caer en la retórica celebratoria y vacía ni la adjetivación pomposa (en la que este artículo corre el peligro de caer), Wenceslao Varela le escribe – le canta – a sus colegas apelando a formas muy personales de evocación y celebración de la amistad. A continuación, presentaré tres ejemplos sobre el particular.

 

Una carta a Luis Alberto martínez

En su libro Trote chasquero, Wenceslao Varela incluyó el poema “Carta abierta”, una composición de ocho estrofas décimas (de diez versos) dedicada al payador y poeta coloniense Luis Alberto Martínez. La obra es presentada, justamente, bajo la forma de una larga carta que el maragato le envía a su colega convaleciente para interiorizarse de su estado de salud, reforzar su amistad y ponerse a su disposición para lo que sea:

 

Me lo contó una luz mala

al cruzar mis esterales

que están tristes sus zorzales

los que anidaban sus talas;

dice, que encogió las alas

de cóndor y de caudillo

que perdió vigor y brillo

y acampó como el trovero

del “PANZÓN LERDO Y MAÑERO

QUE ERA DE PELO TORDILLO”

 

En las ocho estrofas del poema, Varela utiliza un recurso que ha sido empleado por varios autores y que consiste en incluir, dentro de la obra propia, una cita del poema de otro autor (en este caso del propio homenajeado, a quien va dirigida la carta), de tal forma que los versos injertados se adapten a la métrica y el desarrollo propio de lo que el poeta viene diciendo. La gravedad de la salud de Martínez queda reflejada por los dos versos que Varela cita en la primera estrofa, versos que provienes de “La cruz del viejo cantor”, una milonga de Martínez en la que se narra la última noche de un payador que, ante la cercanía de su muerte, le pide al pulpero donde para que cuide de sus pertenencias y lo entierre junto a su guitarra. Para reforzar aún más el efecto de la cita, Wenceslao Varela las incorpora al final de cada estrofa y en mayúsculas.

 

La preocupación inicial demostrada por la salud de su amigo y colega, muta a continuación en la exposición de sanos consejos para que logre la mejoría. Al hacerlo, Varela no cae en las frases comunes que suelen dirigírsele al convaleciente y que no son otra cosa que fórmulas prosaicas de buena voluntad. Los consejos que Varela le dirige al bardo enfermo parten de su hondo conocimiento de la vida del otro:

 

El invierno se avecina

son sus vanguardias heladas

previniendo trasnochadas

a fogón grande y cocina;

busque calor en la china

que su hondo amor entibió

cuando fría su alma vio

y lleve el poncho consigo,

aquel poncho, “QUE UN AMIGO

POR UN VERSO SE LO DIO”

 

Ya sobre el final, Varela hace aflorar otro rasgo propio del alma del paisanaje:  la hermandad en la pobreza y el gesto de compartir sus pertenencias por pocas y deslucidas que sean. Así, con la promesa de una pronta visita al enfermo, entrega su amistad junto a todo lo que tiene:

 

Voy a cair a su ranchada

en cuanto pueda ensillar

pa abrazarlo y  pa rezar

bajo esa quincha sagrada

llegaré de madrugada

cuando el silencio se entrega

hondo en quietud, con la nueva

claridá que el alba apunta…

sé, que su “OMBÚ NO PREGUNTA

QUE PÁJARO ES EL QUE LLEGA”

 

Yo le ofrezco dende aquí

-si se ve necesitao-

Los restos de aquel chapiao

Que ante mis novias lucí;

Vale más que un Potosí

Cuanto más el tiempo pasa

Como soy criollo de raza

Hasta “en Dios dirá” me atengo

“TODO LO OFREZCO AUNQUE TENGO

UNA POBREZA MACHAZA”

 

“PÓSTUMAS” O UN ÍNTIMO OBITUARIO

“Póstumas” es un poema de nueve estrofas décimas que integra el libro De cuero crudo y que está dedicado a su coterráneo, el poeta y payador Florentino Callejas. Como su nombre lo indica, la obra fue escrita tras la muerte de Callejas y es, de los tres textos analizados aquí, el más solemne. La solemnidad se expresa en el propio tema de la obra y en el lenguaje empleado por el autor. A diferencia de “Carta abierta”, Wenceslao Varela abandona en “Póstumas” el lenguaje más coloquial y los giros propios del habla campesina en detrimento de expresiones más universales; se regodea en el empleo de vocablos trascendentes y el poema se termina convirtiendo en un gran encadenamiento de imágenes destinadas a resaltar a la figura del difunto (supongo que, en definitiva, esa es la función de un obituario). Al igual que hiciera con su poema dedicado a Luis Alberto Martínez, Varela emplea en esta obra la segunda persona del singular (representada por el pronombre “tú”), lo que dota a la obra de un carácter más intimista y que acerca más al homenajeado con quien le escribe. El inicio es una muestra precisa del dominio que Varela alcanzaba al pasar de la jerga paisana a un lenguaje más refinado y, en el trasunto puramente idiomático, nada tiene que ver con el léxico empleado en el poema analizado anteriormente.

 

Pájaro gaucho, sombrío,

emisario del pasado

tiene tu lira un pesado

silencio de muerte y frío.

Te traigo con fe y con brío

mis versos en vez de llanto

porque es el silencio tanto,

tan hondo, tan sepulcral;

que no parece el final

de una existencia de canto.

 

Las estrofas que siguen son una superposición de imágenes en las que se produce una suerte de transformación; el poeta Florentino Callejas, abandonado ya el mundo de los vivos, se convierte en un ser etéreo cuya presencia puede ser encontrada en todas las personas, los animales y los seres vivos que pueblan la campaña.

 

A tu nombre Florentino

lo musitará el pampero

en el nido del hornero

-lunar que ostenta el camino-

el poblador campesino

te cuenta entre los poetas

y bajo sus noches quietas

hondas de sombra o de luz,

ha de rezarte en la cruz

del altar de las carretas.

 

En la séptima estrofa, el proceso de consustanciación entre la estela dejada por el vate muerto y las imágenes que los reflejan, amenazan con llegar al paroxismo como si en la rápida suma de elementos se buscara fijar la idea de omnipresencia de los muertos por sobre los vivos.

 

Tuviste claror de aurora,

dulzura de camoatí…

fuiste  el nudo guaraní

que acorta la boleadora.

Palenque, jaguel, totora,

bocado de cuero duro;

botón, con patrio seguro;

amargo de desprender;

eras un poco de ayer

que iba buscando el futuro.

 

Pese al intento encomiable de Wenceslao Varela por celebrar la obra de Florentino Callejas, el tiempo demostró ser más fuerte y, hoy en día, el nombre del autor de “Cimarroneando” o “El molle” ha caído en un injusto olvido.

 

SERAFÍN J. GARCÍA,  PERSONA Y PERSONAJE

También en su libro De cuero crudo, se encuentra el poema “Milico gaucho…!”, dedicado al poeta oriundo de Treinta y Tres, Serafín José García. En esta oportunidad, Wenceslao Varela abandona el tono coloquial o solemne de los otros textos y narra una suerte de cuento protagonizado por el autor del famoso “Orejano”. Para ello, echa mano a la biografía de Serafín J. García y se concentra en los años en que este se desempeñó como policía en la ciudad de Treinta y Tres. Las veintidós cuartetas que componen “Milico gaucho…!” imaginan una situación que tiene a García como protagonista. Para darle mayor profundidad al asunto, es la supuesta voz de García la que narra el “caso”.

 

Escondidos en las penumbras de la noche, diez policías de a caballo aguardan el paso de unos contrabandistas por la frontera con el propósito de arrestarlos. Varela inicia el poema con una descripción del nocturno paisaje desolado; los hombres son presentados como intrusos.

 

En cuanto acampó, quedaron

todos los charcos despiertos;

y la primer virazón

los hizo temblar de miedo.

 

Salió la luna con frío

y unas estrellas con sueño,

mientras hacían las ranas

gorgoritos de silencio.

 

Cuando el protagonista entra en escena, descubrimos que se trata de uno de los “milicos” a cargo del operativo. A través de sus ojos descubrimos a sus compañeros de armas y, por allí cerca, marchando en la oscuridad, con la complicidad de una luna que se ha ocultado, atravesando el campo, a los “cargueros” o contrabandistas:

 

“Yo era la “guardia avanzada”

y en mi confiaron el sueño

diez hombres llenos de orgullo

servidores del gobierno.

 

¡Audaces! Marchar con luna

bajo la comba del cielo

honda de azul infinito

ancha de campo y silencio…!

 

Y haberme tocao la guardia

por desgracia a mí, que quiero

economizar las balas

pa no fundir al gobierno.

 

Unos pocos versos, le alcanzan a Varela para definir la personalidad de ese milico gaucho que está de guardia, mientras sus compañeros duermen. Y será él, desde su puesto de vigía, el que divisará a los contrabandistas que cruzan el paso y el que, contrariamente a lo que los estatutos de la Fuerza mandan, se apiadará de aquellos hombres desgraciados que sólo tienen el contrabando como forma de vida.

 

¡Venir marchando con luna

y con un frío tremendo

que ha endurecido los pastos

y me ha torcido los dedos…!

 

Ellos no saben que allí

hay diez milcios con rémitos.

pero sí, saben que allá

están sus hijos hambrientos.

 

Cuando la luna, finalmente, asoma entre las nubes para descubrir ante la guardia policial la presencia de los infractores, el milico gaucho en que se inspira y se convierte Serafín J. García, no hace lo que haría cualquiera de sus compañeros, esto es, despertar al resto y salir al cruce a los delincuentes. Su humanidad, que aflora en su piel y en su sangre, lo hace abandonar el puesto y aventurarse en el camino para alertar  a los contrabandistas y dejarlos marchar. La estrofa con la que cierra el poema incluye la ironía del milico que ha visto su deber cumplido aunque no para el lado que se esperaba. Wenceslao Varela revela aquí su propia visión de las injusticias sociales y le hace decir a su personaje, cuando los pobres contrabandistas se alejan del peligro:

 

¡Yo cuido lo del estao!

pa eso me paga el gobierno.

¡Vaya a saber cuántas balas

le economizo con esto…!

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