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El
tratado comercial entre No
ha habido en estos últimos años —si se descuenta de ellos el
problema reciente que trae a debate la apertura del istmo de Panamá—
acontecimiento de gravedad mayor para los pueblos de nuestra América
Latina que el tratado comercial que se proyecta entre los Estados
Unidos y México. No concierne sólo a México, cuyos adelantos,
de fuerza propia y empuje indígena, despiertan simpatía
vehemente en cuantos, por ser de pueblos de América, ven con
orgullo fraternal la inteligencia exuberante, investigadora e
impaciente de sus hijos, y la prisa con que —acallados ya los
naturales hervores de pueblo primerizo, criado a pechos duros de
madre preocupada— se dan los naturales de la tierra a utilizar y
multiplicar las excelencias pasmosas de su suelo. El tratado
concierne a todos los pueblos de la América Latina que comercian
con los Estados Unidos. No es el tratado en sí lo que atrae a tal
grado la atención; es lo que viene tras él. Y no hablemos aquí
de riesgos de orden político; a veces, el patriotismo es la
locura; otras veces, como en México ahora, es más que la
prudencia: es la cautela. Hablamos de lo único que nos cumple,
movidos como estamos del deseo de ir poniendo en claro todo lo que
a nuestros intereses afecta: hablamos de riesgos económicos.
Apuntarlos será bastante, puesto que el tratado comercial con México
no está más que apuntado todavía. Acaba de ser revelado al público,
cuya curiosidad atizaban principalmente, por medio de diarios
poderosos, los productores de azúcares, que se creen directamente
amenazados por el proyecto. El Senado ha decidido la publicación
del documento, que está en camino de ser ley, luego que lo
aprueben, después de escrupulosa discusión, ambas naciones. Los
artículos 1º, 2º, 6º, 7º y 8º, son los más notables del
proyecto. En el primero se establecen todos los artículos de
producción mexicana que habrán de admitirse libres de derechos
en los Estados Unidos, en tanto que el tratado dure. En el
segundo, todos los artículos de los Estados Unidos que México se
obliga a admitir libres de derechos. En el sexto se estipula que
ni una ni otra nación gravará con derechos, a su paso por ella,
ninguno de los productos declarados de entrada libre en el país,
cuando hayan de consumirse en la misma nación; aunque por el séptimo
artículo se autorizan nuevamente ambos pueblos contratantes a
gravar estos productos, a su paso por su territorio, siempre que
asen por él, no para quedarse en alguna comarca de él, sino para
ser consumidos en otro país. Y el octavo fija en doce meses el
tiempo en que, después de la aprobación del tratado por ambos países
con arreglo a sus constituciones y cambio consiguiente de
ratificaciones, han de tomarse las medidas y dictarse las leyes
necesarias para que el tratado entre en vigor. Nada
dará una idea tan efectiva de la magnitud del suceso en proyecto
como la enumeración de los artículos que cada uno de ambos países
se obliga a aceptar en su territorio libres de derechos. Los
Estados Unidos libertan de toda contribución de entrada por sus
puertos o fronteras a cuanto México exporta, puesto que apenas
hay producto del suelo mexicano que no quede exento de derechos en
este proyecto. Y es de notar que ha puesto mano en el tratado, de
parte de México, hombre previsor, puesto que en la exención se
incluyen ramos que no existen aún en México sino en porción
insignificante, pero que, por la obra del tratado mismo, han de
cobrar pronto desarrollo e importancia. Quedan exentos de derechos
los animales vivos, la cebada, si no es de la que llaman perla;
carne de vaca, café y huevos, esparto y otras gramíneas, que en
los Estados Unidos usan, entre otras cosas, como materia prima del
papel; toda clase de flores, toda clase de frutas, las cuales son
comercios llamados al desenvolvimiento notable e inmediato, no
bien haya ferrocarriles que enlacen, sobre todo del lado del Atlántico,
ambos pueblos; pieles de cabra sin curtir; todas las variedades
del henequén y cuantos puedan sustituir al lino; cuerdas de
cuero; cuero sin curtir; pieles de cabra de Angora, sin curtir y
sin lana, y pieles de asno; goma de la India; el índigo tan bueno
en México; el ixtle, o fibra de Tampico, susceptible de
aplicaciones tan varias; jalapa, maderas de tinte y todo grano o
insecto de teñir; mieles, aceite de palma y de coco; mercurio,
zarzaparrilla cruda y substancias similares; paja no trabajada, azúcar
que no exceda del número 16, holandés en color, tabaco en rama,
no elaborado; cuantas legumbres produce el país y cuantas maderas
de fábricas—aunque no han de estar trabajadas—pueblan sus
bosques; exención, esta última, de marcada valía, si se tiene
en cuenta cuánto abundan las costas de México en muy buenas
maderas empleables en la construcción de los buques, y la
posibilidad de que, cediendo al fin al clamor nacional, se
deroguen pronto en los Estados Unidos las leyes que hacen ahora
punto menos que imposible, por lo excesivamente cara, la
construcción de buques en astilleros de la nación. En
cambio de estas ventajas, México abre sus puertas a todos los
productos de hierro que por la mala obra y falaz beneficio del
sistema proteccionista sobrecarga hoy a los mercados americanos,
enfermos de plétora; a cuanto se necesita para levantar pueblos,
como por obra de magia; para desmontar selvas, para quebrar montes
y echar, por donde andaban sierpes y fieras, ferrocarriles. Sin más
que pocos productos del suelo, para dar de comer a los nuevos
habitantes, con lo que este artículo permite libre de entrada en
México, puede construirse, como por obra de soplo fantástico,
toda una nación. La lista es tan numerosa, que absorbería todo
nuestro espacio; ¿qué necesitamos decir, si a lo que va dicho añadimos
que el artículo permite la entrada en México de cuanto un pueblo
necesita para arar toda su tierra, y sembrarla toda, y alimentar a
los agricultores mientras produce, y remover y exprimir las aguas
de los ríos, y penetrar y hacer saltar las ricas minas de todos
sus montes? Resulta,
pues, de la primera ojeada, que el beneficio de México, inmediato
en algunos casos, como el del henequén para Yucatán, es más un
beneficio de porvenir que de presente, y nominal que real, puesto
que, hoy y por tiempo no breve, México no puede aumentar
sensiblemente la producción de los frutos naturales que hoy
exporta y que coloca con ventaja y sin esfuerzo, ya en los Estados
Unidos, ya en los mercados europeos. El azúcar que México
produce, ni mejoraría de clase ni aumentaría en cantidad sin la
ayuda de maquinarias poderosas, cuyo efecto vendría a coincidir
probablemente con los últimos años de duración del tratado que
se proyecta. El café mexicano, sobre que tiene asegurado su
consumo, aun en años de depreciación del fruto, como éste,
merced a su perfume y vigor, no recibe con el tratado ventaja
alguna, puesto que todo café entra en los Estados unidos libre de
derechos. Y en general todos los productos mexicanos necesitan,
para el súbito crecimiento a que están llamados, más vías por
donde ser conducidos—las cuales están haciendo—y más brazos
que los produzcan, los cuales no son tan fáciles de hacer. En
cambio, los Estados Unidos ponen a inmediatamente en circulación,
con un interés subido, por lo pingüe de los frutos de la tierra
y la mayor baratura de la colocación de su caudal, el exceso de
riqueza que hoy dedican a operaciones agitadas y antipáticas de
bolsa, por las que comienza a haber visible desgano público; se
crean un cuantiosísimo mercado para muchos productos que les
sobran y se ayudan a mantener, con este canal ancho del exceso de
producción, el sistema prohibitivo, del que creen que necesitan aún
sus industrias para llegar más tarde a competir con las más
perfectas europeas. Descargan sus mercados; emplean a mayor interés
su riqueza sobrada; se ayudan a esquivar, por unos cuantos años,
con el nuevo mercado de los frutos sobrantes, el problema gravísimo
que viene de la desocupación de los obreros por el exceso de
producción de artículos no colocables—fatal consecuencia del
sistema de la protección—e introducen sin derechos pueblos
enteros, ciudades enteras, en un pueblo limítrofe. Tal
es la inmediata consecuencia y las ventajas que acarrea el tratado
a ambos países. A México, los medios de producir mañana con
exuberancia frutos de que los Estados Unidos son un considerable
consumidor; a los Estados Unidos, la colocación, desde el primer
instante, en condiciones ventajosas, de un exceso de riqueza que
coloca hoy desventajosamente, el descargo en un mercado forzoso de
sus industrias embarazadas por la sobra de productos no colocables
y la posibilidad de alzar ciudades, sin mas autorización ni traba
que las que les otorga el tratado, en un pueblo vecino. En
cuanto a los demás países de la América, que, por su penosa
condición los unos —¡los más interesados acaso!— y los
otros por ese desvío fatal, falta de intercomunicación y baltasárica
pereza en que viven, no parecen haberse dado aún cuenta de este
importante proyecto, y no hay uno acaso que no hubiera a la larga
de sentir en sí sus resultados. Cuba vive
exclusivamente—dejando por un momento a un lado su tabaco, el
que no cuida como debe—de los azúcares que envía, por mar y
con derechos graves de exportación e importación, a los Estados
Unidos. Bien se sabe cómo crea maravillas, con su soplo de fuego,
la vida moderna; tabaco, no parece que pueda producirlo México
tan bueno como Cuba; pero azúcar sí puede producirlo tan bueno.
Con ferrocarriles, ya en construcción, que vayan, sin demora ni
estorbo en la frontera, del centro de los territorios azucareros
al centro de los mercados americanos; con la creación
subsiguiente e inevitable de ingenios poderosos, estimulados por
la baratura de la maquinaria, la fertilidad de la tierra y la
facilidad de la colocación del fruto, producirá México dentro
de algunos años cantidad extraordinaria de azúcar, a cuya
entrada en los Estados Unidos se opondrán en vano los
cultivadores de Louisiana y Estados análogos, porque la mayor
suma de varios intereses que aprovecharán grandemente, por cierto
tiempo, del comercio libre con México, ahogarán los clamores de
la suma menor de interesados en el mantenimiento de una sola
producción. ¿Cómo podrán entonces, en época que todos los
datos ya hoy visibles y producibles de ellos, hacen parecer no
lejana, competir los azúcares de Cuba, que irán por mar y con
derechos a su salida y llegada a los Estados Unidos, con azúcar
de igual clase de México, que irá por ferrocarril, sin derechos
probables de salida y sin derechos de entrada? Ni ¿cómo competirían,
aun con igualdad de derechos? Comete suicidio un pueblo el día en
que fía su subsistencia a un solo fruto. México se salvará
siempre, porque los cultiva todos. Y en las comarcas donde se dan
de preferencia al cultivo de uno, de la caña o del café, se
sufre siempre más, y más frecuentemente, que en comarcas donde
con la variedad de frutos hay un provecho, menor en ocasiones,
pero derivado de varias fuentes, equilibrado y constante. Como
México produce todo lo que los demás Estados de Centro América
y de la América del Sud, y tiene aún territorio inmenso donde
extender sus múltiples productos, y va a recibir ahora
superabundancia de medios de producir de que continuarán
careciendo los demás países americanos que le son análogos en
producciones, aun sin contar con la rebaja especial de derechos
que conceden los Estados Unidos a México, y por más que se
tuviera en cuenta la posibilidad, que no llega a ser probabilidad,
de que celebrasen los Estados Unidos con los demás países de la
América tratados semejantes al de México, resultaría siempre
que en la competencia de frutos iguales por llegar a un mercado
común llevaría la ventaja, por precios de flete, frescura del
fruto y oportunidad del arribo, el país más cercano. Tales apuntes nos sugieren hoy la lectura el proyecto. Con la costumbre, no descaminada a veces, de buscar causas ruines a los propósitos de apariencia y objeto más loable—han dicho periódicos de los Estados Unidos de tanta valía como el "Sun", de New York, y otros de no menor influencia en Washington, que como el tratado dejaría sin rentas al gobierno de México, que deriva hoy casi todas las suyas de los derechos de aduanas,—se vería el Gobierno en la necesidad de suspender el pago a poco de las subvenciones con que auxilia la construcción de determinadas líneas férreas de empresarios norteamericanos; éstas, privadas de la subvención, quedarían forzadas a interrumpir y a abandonar, acaso, sus trabajos; y entonces, sobre sus ruinas, continuaría construyendo los ferrocarriles mexicanos la poderosa compañía no subvencionada, nutrida por los magnates ferrocarriles de los Estados Unidos, con cuyos intereses está íntimamente ligado el general Grant coautor, si no en la letra, en el espíritu del proyecto. Pero a este rumor, a pesar de su apariencia racional, no ha de adscribirse este proyecto de tratado, de tal alcance, de tan profunda trascendencia, de tanta monta para todos nuestros países. Cuando existen para un suceso causas históricas, constantes, crecientes y mayores, no hay que buscar en una pasajera causa ínfima la explicación del suceso. LA ONDA® DIGITAL |
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