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Siglo XX:
dicotomías del liberalismo y el marxismo,
por las que o bien se renuncia a la igualdad en
pro de la libertad, o bien se abdica de la libertad
en aras de la justicia

por el Senador Rodolfo Nin Novoa

SeminarioLa cultura democrática  aporte de la Carta Democrática Interamericana” realizado el ultimo 26 de noviembre de 2002 por el Ministerio de Relaciones Exteriores lo que La ONDA digital esta publicando es la intervención del senador del Encuentro Progresista, Rodolfo Nin Novoa , desde el panel “Promoción de una Cultura Democrática: Prácticas y valores. Lo que siguen son las palabras del legislador del progresismo uruguayo. 

 - Celebramos la iniciativa del Ministerio de Relaciones Exteriores de organizar este Seminario dirigido a promover una reflexión conjunta sobre el alcance de la Carta Democrática Interamericana. 

La potencialidad de instrumentos jurídicos como el que nos ocupa depende en gran medida de la capacidad de difundir y promover sus contenidos como forma de garantizar que sea algo más que un texto, algo más que un Documento, convirtiéndose en conciencia e identidad sentida y asumida por los pueblos. 

 Que no sea letra muerta, y que devenga, por el contrario, en viva y sentida realidad. 

La aprobación de esta Carta Democrática no debe pasar desapercibida ni debe ser minimizada su significación en términos de avance del Derecho Internacional y de la idea democrática a escala continental. Es sabido que el Derecho Internacional se abre paso lentamente y enfrentando dificultades e intereses poderosos. Pero la paz, la libertad y la democracia requieren de esos avances y estos deben justipreciarse cuando son alcanzados. 

Los primeros interesados y los beneficiarios principales del avance del Derecho Internacional somos las Naciones pequeñas, porque aunque sea cierto que aún donde hay Derecho puede imponerse la fuerza, esta se vuelve brutal, incontenible e impune en ausencia del Derecho. 

En ese sentido, esta Carta constituye un paso trascendente a efectos de lograr que la defensa de la democracia comience a ser algo más que un mero objetivo proclamado en tanto pone en funcionamiento un instrumento concreto para la preservación y profundización democrática. 

La incorporación de cláusulas democráticas en organismos continentales o en bloques regionales ha venido a desalentar tentaciones golpistas, constituyendo un disuasivo probadamente efectivo en la materia. 

La Comunidad Internacional deja así de ser indiferente ante la suerte de la democracia y asume un rol activo en pro de su consolidación. 

Las inmensas dificultades económicas y sociales –a veces más que dificultades verdaderos dramas humanos- que atraviesa la región no debe hacer perder de vista el avance registrado en la última década en términos de afianzamiento y consolidación de nuestra institucionalidad democrática. 

De hecho, sinuosas encrucijadas y callejones  que otrora se hubieran resuelto a través del expediente simplista y primitivo de la ruptura institucional, en un continente que ha recurrido con frecuencia al mesianismo autoritario, han encontrado salidas políticamente más maduras y avanzadas dentro del marco institucional establecido. 

La Carta Democrática Interamericana debe ser leída como causa y efecto de este proceso. Es por cierto, el producto resultante de una larga y sufrida evolución nacida del padecimiento de dictaduras y autoritarismos, del cercenamiento de libertades y garantías, de vejaciones ultrajantes de los derechos humanos. Al calor de innumerables y sacrificadas luchas libertarias y democráticas se fue forjando un estado de conciencia colectiva en nuestras sociedades en torno a la necesidad de defender y desarrollar nuestras democracias. 

 Pero, al mismo tiempo, esperamos que sea, deberá ser si lo aprovechamos debidamente, causa y motor propulsor de una profundización democrática en el continente, asumiendo los retos aún pendientes de una auténtica expansión de la democracia económica y social. 

Es fundamental que actores políticos e institucionales, agentes de la economía y organismos multilaterales asuman a cabalidad que una democracia sustentable requiere de algo más que un conjunto de procedimientos formales e instituciones con arreglo a derecho; es imperioso que se comprenda que la sustentabilidad requiere del avance efectivo en las dimensiones económicas y sociales de la democracia. 

Entrando de lleno en algunos contenidos de esta Carta que nos importa subrayar avanzaremos siguiendo su orden, sección por sección. 

De la sección titulada “La democracia y el sistema interamericano” nos interesa resaltar tres conceptos: 

El primero es un enunciado breve y enfático que descarta cualquier disyuntiva que obligue a elegir entre libertad y justicia, entre democracia o igualdad social: “La democracia –dice el artículo 1 de la Carta-  es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas”. El juicio, que compartimos plenamente, tira por tierra cualquier tentativa de construir el desarrollo económico o social de los pueblos, sin observar el prerrequisito de la democracia como forma de gobierno. Escapando por un instante del plano estrictamente normativo y deslizándonos hacia una digresión ideológica, luce como un acierto, trazado un balance de los debates y experiencias vividas en el siglo XX la superación de una dicotomía maniquea planteada por versiones hoy obsoletas del liberalismo y el marxismo, por las que o bien se renunciaba a la igualdad en pro de la libertad, o bien se abdicaba de la libertad en aras de la justicia.·       

El segundo, también sucinto y enteramente compartible es el que define a la democracia representativa como base del estado de derecho, pero estableciendo en forma categórica que –cito textualmente- “la democracia representativa se refuerza y profundiza con la participación permanente, ética y responsable de la ciudadanía en un marco de legalidad conforme al respectivo orden constitucional”. Democracia representativa y democracia directa; delegación y participación; nada de antagonismo sino complemento enriquecedor. Para mayor abundamiento el artículo 6 de este mismo capítulo establece: “La participa ción de la ciudadanía en las decisiones relativas a su propio desarrollo es un derecho y una responsabilidad. Es también una condición necesaria para el pleno y efectivo ejercicio  de la democracia. Promover y fomentar diversas formas de participación fortalece la democracia”. Consideramos sabia la formulación contenida en la Carta por cuanto reivindica instancias de participación directa, que podrán ser ya plebiscitos o referendos ciudadanos de acuerdo al orden constitucional de cada Nación como el desarrollo y el activo protagonismo de organizaciones de la sociedad civil, ya sean sindicatos, cooperativas, movimientos sociales y culturales, asociaciones vecinales o religiosas, agrupamientos medio ambientalistas o antidiscriminatorios, entre tantos que componen el variopinto espectro del asociacionismo en las sociedades diversas y dispersas de nuestro tiempo. Si bien es cierto que el mito de una democracia directa pura y permanente, asamble ística o plebiscitaria puede esconder tentaciones demagógicas y totalitarias no es menos cierto que el rechazo a veces visceral a las asambleas, a las expresiones más o menos organizadas o más o menos espontáneas de la sociedad civil o a los plebiscitos o referendos es demostrativo de un temor conservador cuando no reaccionario a las manifestaciones o pronunciamientos populares, a los que aristocráticamente se juzga como plebeyos. La formulación de la Carta Interamericana se ubica en un correcto equilibrio y debe celebrarse por su acierto. 

La tercera es la somera enumeración de caracteres distintivos de la democracia representativa: “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos”. Se podrá decir, y nosotros mismos lo diremos más adelante, que las democracias requieren de otras condiciones o

atributos, pero lo que es indiscutible es que no hay democracia posible si alguno de los elementos reseñados en el artículo 3 de la Carta está ausente. Aún tratándose de formas o procedimientos ellos son esenciales, sustantivos, condición sine qua non para definir si estamos o no ante un régimen democrático. 

De la Sección II de la Carta, titulada “La democracia y los derechos humanos” nos importa destacar: la consagración en el artículo 8 de una instancia supranacional que asegure y garantice la plena vigencia de los derechos humanos. La posibilidad de interponer denuncias o peticiones ante el sistema interamericano –procedimiento en creciente expansión en los últimos años- consolida una tendencia a colocar a los derechos humanos en un plano superior, intentando volver imposible que un falso patriotismo o un nacionalismo fariseo sirva de excusa para impedir la vigilancia de la comunidad internacional en materia de derechos humanos. Las dictaduras siempre recurren al expediente nacionalista para desprestigiar a los defensores de los derechos humanos. Todos lo hacen pero alcanzó una expresión que no debe olvidarse en un slogan publicitario utilizado por Videla y secuaces que decía: “Los argentinos somos derechos y humanos ” como respuesta a la campaña internacional en su contra, mientras derecha y humanamente arrojaban a cerca de 30.000 personas al Río de la Plata por el hecho de disentir, en uno de los más monstruosos casos vividos en la región, y en el cuál como dice el politólogo Guillermo O’Donnell se configuró “el caso de un estado que clandestinizó su propia represión”. 

Ya que el artículo de la Carta que nos ocupa refiere especialmente a la “eliminación de toda forma de discriminación, especialmente la de género, étnica o racial” digamos que en estos planos es mucho lo que al Uruguay le queda por hacer. 

Soy de los que creen que durante mucho tiempo nos autopercibimos como campeones de la democracia e hicimos como el avestruz a la hora de enfrentar, por ejemplo, la marginación, la segregación, la falta real de oportunidades y perspectivas de grupos o colectividades como la colectividad de raza negra en nuestro país. El hecho real de que Uruguay fuera durante décadas una isla de democracia en medio de un continente plagado de dictaduras hizo que tal vez nos regodeáramos en un cierto sentimiento de superioridad que nos impidió percatarnos de nuestros déficit democráticos, y no hay otra manera de superar los problemas que reconocerlos y enfrentarlos con políticas activas impulsadas con determinación. 

La Sección IV de la Carta resulta de una trascendencia especial

 Bajo el título “Democracia, desarrollo integral y combate a la pobreza” tematiza sobre un aspecto crítico entre nosotros, probablemente el que más cuestiona y amenaza a nuestras democracias en América Latina. 

Así lo establece la propia Carta Democrática Interamericana cuando en su artículo 12 expresa: “La pobreza, el analfabetismo y los bajos niveles de desarrollo humano son factores que inciden negativamente en la consolidación de la democracia”. No puede sino celebrarse la claridad con la que el texto se adscribe a la concepción de la democracia incluyente. 

Es obvio que estamos frente a la más grave y comprometedora de las asignaturas pendientes que debilitan a las democracias latinoamericanas. Son –con todas las letras- democracias excluyentes, y este proceso de exclusión social y cultural lejos de revertirse se expande y multiplica de manera alarmante. Digamos las cosas como son: la ausencia de una democracia integradora supone un rotundo fracaso desde la óptica de cualquier proyecto humanista. 

En nuestra concepción la libertad sólo se alcanza con una democracia no excluyente y es sólo una democracia incluyente la que puede traer consigo un continente –y un mundo- menos injusto y menos violento. 

Quienes estamos presentes en esta sala participando de este seminario sabemos del valor y la significación de la democracia. Cuando digo que conocemos de su valor no pienso sólo en nosotros –público con necesidades básicas satisfechas y ciertos niveles de consumo y confort- sino también para que los postergados, los sumergidos, en suma, los excluidos puedan contar con mayores posibilidades de avance y superación. Puede que en otros tiempos alguien haya descreído de esta superioridad intrínseca de la democracia, pero la experiencia de la dictadura fue suficientemente dura como para poner las cosas en su sitio. Recuerdo un graffiti inscripto en una pared de un local partidario que rezaba: “Si me dan a elegir entre el pan y la libertad, elijo la libertad para luchar por el pan”. Me resultó una sabia modalidad popular de resolver esa falsa antinomia, que tanto daño ha hecho, entre libertad e igualdad. 

Pero para percatarnos de la amenaza que la pobreza y la exclusión significan para las democracias reparemos por un instante en la interrogante de que es lo que puede sentir una mujer o un hombre que viven en un asentamiento precario, sin saneamiento, con la basura como única fuente de sustento, con cinco, siete o diez hijos a los que no se puede ni alimentar, ni educar, ni sanar ante cualquier enfermedad, rodeado de promiscuidad y violencia inimaginables, cuyos únicos destinos posibles son el carrito para hurgar entre los deshechos de otros o el delito para acceder a algo de lo que la sociedad de consumo le muestra sin darle oportunidad alguna para alcanzarlo honradamente ¿cuán intensa puede ser su convicción respecto a los beneficios y virtudes de la democracia? 

He aquí un tópico en el que políticos y técnicos, técnicos y políticos, de países pobres y de países ricos, junto a funcionarios y jerarcas de organismos multilaterales de crédito deberán concentrar sus esfuerzos y reflexiones en la búsqueda de enfoques y emprendimientos superadores de esta problemática.  Lo que se requiere es analizar la construcción del concepto de democracia universal no excluyente en un nivel de complejidad y articulación superior e innovador. 

 Los valores de libertad y de justicia social, de tolerancia y de solidaridad o fraternidad habrán de precisarse como parte de un proyecto universal de democracia de todos y para todos (en la célebre tradición “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”) con mediaciones a crear y a fomentar desde la sociedad civil pero con roles y responsabilidades intransferibles por parte del Estado que no deberá abdicar de sus cometidos esenciales en el combate frontal contra la pobreza y la marginación y en la construcción de una auténtica igualdad de oportunidades que haga de la democracia una Democracia con mayúscula, con plenas posibilidades de realización, disfrute y desenvolvimiento para todos sus hijos. 

La dimensión de la tarea –enorme y compleja- no debe paralizarnos. Hemos asistido en las últimas décadas a discursos “desencantados” que justifican el abandono de todo intento como “rechazo a las utopías” o por “realismo político”. Es necesario revisar también con espíritu crítico todo entusiasmo frívolo o liviano con “milagros económicos” que en la región luego de finiquitada la ilusión revelan su verdadero rostro: auténticos y devastadores desastres económicos y sociales y hasta éticos y culturales. 

La otra amenaza que  en nuestros tiempos jaquea a las democracias, indudablemente con vinculaciones con la exclusión social, pero no explicada exclusivamente por ella es el miedo, el temor, la inseguridad. 

El paradigma hoy dominante provoca situaciones de inseguridad de todo orden y naturaleza: inseguridad individual, familiar, comunitaria, nacional e internacional. 

Esta poderosa sensación de inseguridad, que puede sentir el ciudadano común frente a la perspectiva de perder el empleo o el que ya lo perdió de no volver a conseguir otro, se suma a la también común y generalizada que cualquiera en nuestras familias puede sentir y siente frente al crimen organizado o frente a nuevas modalidades delictivas que impactan por su insanía, crueldad y virulencia.

 

Pero también las Naciones poderosas están hoy amenazadas por la inseguridad que provocan en el ciudadano medio actos terroristas como el del 11 de setiembre en los Estados Unidad o el más reciente del teatro de Moscú, pasando de tanto en tanto con  alguna nueva acción criminal e impía de ETA en España, ejemplo claro de que, como decíamos antes no siempre el terror se asocia a la pobreza o a la exclusión. Como decía recientemente el filósofo Fernando Savater ni España ni el País Vasco conocen de pobreza ni exclusión, de modo que no son esas las raíces de la violencia insana y criminal de ETA. 

Ciertamente las democracias deben tomar muy en serio estas amenazas y deben ser eficaces en la preservación y defensa de la seguridad pública o ciudadana, porque puede ser una tentación muy fácil y muy humana visualizar atajos de “mano dura”, de Estados policíacos o militarizados; en suma tentaciones autoritarias en la búsqueda de una seguridad que se percibe las “democracias liberales” no están en condiciones de garantizar. 

Las democracias deben por tanto ser eficaces en la lucha contra el delito y para ser eficaces no deben ser demagógicas ni simplistas, sino que deben abordar la problemática con toda su complejidad a cuestas. Como decía Tony Blair ante el Congreso del Partido Laborista británico hace algunos años atrás: “duros con el crimen y duros con las causas del crimen”. La democracia debe ser severa en el tratamiento del delito, pero debe ser conciente que en la mayoría de las ocasiones se ha generado un modelo de exclusión social y marginalidad, que es un verdadero caldo de cultivo para que el delito crezca a escala geométrica. 

Asimismo, es necesario ser eficaz en la lucha contra toda forma de terrorismo y el gran desafío en términos democráticos es como librar esta batalla por la seguridad sin perjuicios para la propia democracia. Asistimos hoy con preocupación  al avance de una concepción que nosotros juzgamos como antidemocrática para la cuál derechos y garantías individuales son secundarias respecto al objetivo supremo de la seguridad. Hoy en los Estados Unidos asumir una defensa intransigente de los derechos humanos, bregar por la intangibilidad de libertades y garantías puede convertir a un ciudadano en un “casi cómplice del terrorismo”. Tiempos difíciles para los amantes de la libertad y para los activistas de derechos humanos. 

Naturalmente, después de un episodio tan traumático y deleznable como el acontecido el 11 de setiembre de 2001 es comprensible que exista un sentimiento popular de esa naturaleza. Pero son los Gobiernos quienes tienen el deber de guardar el equilibrio, y restablecer con ponderación y mesura el verdadero valor de las cosas. Más que juzgar este peligro antidemocrático que visualizamos con nuestras propias palabras o conceptos, preferimos hacerlo recurriendo al propio ideario de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica cuando con aquella sabiduría que tanto admiró nuestro Artigas decían: “Un pueblo que, en aras de preservar la seguridad está dispuesto a renunciar a la libertad, merece perder la libertad y la seguridad”. Aunque hoy acorralada y disminuida esa tradición representa la mejor versión de Norteamérica, y esperamos para bien de la Humanidad toda que más temprano que tarde recupere terreno y vuelva a prevalecer sobre cualquier belicismo oscurantista. 

Finalmente, dentro de esta misma Sección que consideramos sumamente importante dadas las condiciones de severa crisis económica y social que atravesamos y el alarmante deterioro de las condiciones de vida de nuestra gente, queremos resaltar la trascendencia que el artículo 16 asigna a la educación. “La educación –dice la Carta- es clave para fortalecer las instituciones democráticas, promover el desarrollo del potencial humano y el alivio de la pobreza y fomentar un mayor entendimiento entre los pueblos”. 

Es evidente el valor que la educación tiene en la promoción de una cultura democrática, que arraigue de manera profunda en el ideario y en el sentimiento de un pueblo. En particular para nosotros los uruguayos esto es algo más que una elucubración teórica, sin corroboración empírica. Por el contrario, es nuestra propia experiencia, nuestra historia, nuestra tradición, la que nos ha demostrado el vínculo estrecho e indisoluble que existe entre educación y democracia. 

Nuestro país sostuvo durante décadas una educación democrática e integradora, que supo ser de vanguardia, y que forjó, ciertamente lo mejor de nuestra propia identidad. 

La tolerancia, el respeto, la convivencia pacífica comenzaban a internalizarse en las aulas de una escuela y llegaron a constituirse en verdaderas señas de identidad del Uruguay como Nación. A tal punto la educación promovió los valores y contribuyó a desarrollar las prácticas democráticas que aún cuando sobrevino la dictadura y todo estaba prohibido y nada podía hacerse ni decirse en lugares públicos,  la llama se mantuvo encendida en cada familia oriental y los patéticos personajes que la protagonizaron –sobrecargados de esa retórica nacionalista y patriotera tan cara a los fascismos- nunca pudieron comprender que en esta tierra el concepto de Patria o de Nación era indisociable de la idea de Libertad y del concepto de tolerancia. 

Décadas de educación universal, laica, gratuita, obligatoria, raigambre democrática habían ganado una batalla porque el Uruguay era ingobernable para los tiranos. La escuela había dejado su huella y los valores de la democracia estaban firmes en la conciencia de cada uno de los uruguayos. 

Educación y democracia se retroalimentaron en nuestro país durante décadas y fue como consecuencia de esta feliz interacción que pudimos exhibir ante el mundo la mejor versión de nosotros mismos. 

Por eso entendemos que es fundamental detener el deterioro del sistema educativo uruguayo, relanzarlo, vigorizarlo; volver en suma a convertirlo en el pivote de la democracia y el progreso. 

 Si este país tiene que definir prioridades –y sin dudas así será porque las demandas son muchas y justas pero los recursos son escasos- la educación está entre las primeras, porque no podemos darnos el lujo de dilapidar por lentitud, pereza u omisión nuestro más preciado capital, nuestra más importante ventaja comparativa: el capital humano, el nivel educativo, el talento y la inventiva de nuestra gente. 

Nosotros queremos culminar nuestra intervención jerarquizando este papel de la educación en la promoción de una cultura democrática. La democracia no se enseña ni se aprende en un libro, ni en una clase de Educación Cívica, aunque unos y otros pueden cumplir un papel importante. La democracia debe cruzar transversalmente a la educación. La democracia debe estar presente en las miradas plurales de la historia, de la geografía, de la filosofía, en las controversias suscitadas en la evolución de la ciencia. 

En la escuela y en el liceo se debe vivir y respirar democracia, sin discursos, sin retórica, sin impostaciones. Aprender a convivir con quién es distinto, respetar al que discrepa con nosotros, celebrar la diversidad y la diferencia, enriquecernos con el discenso. En suma, crecer en, con y para la libertad, comprendiendo al mismo tiempo que no hay realización plena de un individuo si no hay solidaridad, fraternidad, amor al prójimo o como se le quiera llamar. 

Bienvenida sea la Carta Democrática Interamericano y tomemos los Partidos, los dirigentes y líderes políticos, las instituciones y organizaciones correspondientes, la responsabilidad y el compromiso de propagarla, haciendo que la realidad se aproxime día a día a ese “deber ser” que ella postula para todos los Estados de  nuestra América.

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