|
La Historia
como servicio al público...
...que
se siente privado de la verdad,
toda la verdad,
y nada más que la verdad
Julio Rodríguez
Ponencia
del historiador e investigador Julio Rodríguez, en el
seminario "Servicios públicos: aportes hacia una
política de Estado", organizado por el Centro de
Estudios Estratégicos 1815, que preside el general ® Líber
Seregni (15 de mayo de 2001).
Apología
de la historia
La
historia del pasado suele ser tanto o más impredecible que la
pronosticación del futuro, porque el futuro es inescribible
porque inexistente, mientras es extraordinariamente fácil
escribir el tipo de pasado que se apetezca y necesite, en cada
coyuntura cambiante que no puede resistir la pulsión de
atribuirse el derecho de mejorar su pasado. Reescribir la
historia es una tarea tan antigua como la escritura.
El
actual debate tiene, pues, antes mismo del debate, la tarea
prioritaria de defender dogmas contrapuestos que han llegado a
su recorrido final: el fundamentalismo,
tras del cual ya no hay recorrido exploratorio, sino ronda y
patrulla en torno al foso, contrafoso y muro. Ambos
fundamentalismos contrapuestos han elaborado una sistemática
abstracta, que unos pretenden legitimar en la historia empírica,
para lo cual – en ambos bandos - se construye una historia
para uso del Delfín propio; y que otros, más prudentes, o más
astutos, pretenden legitimar por la pura lógica interna de
modelos que no solo no precisan sino que abjuran de la historia.
En definitiva o se construyen mitos modélicos o se diseñan
modelos míticos (a veces primorosamente algebrizados).
Si
bien llevada, la ciencia
histórica tiende a disolver mitos y fundamentalismos hasta
un grado próximo al límite cero. Límite inalcanzable por
definición, por haber otro límite de basalto, impenetrable,
que es nuestro propio horizonte histórico, que por vasto que
intentemos aprehenderlo, siempre es denso hasta casi el límite
infinito. Por su parte, el mito y el fundamentalismo, que se
someten empíricamente a un intervalo históricamente fugaz,
decretan que como tales no tienen origen ni tendrán fin, por lo
que tienden a llevar sus paradigmas hasta la proximidad del límite
infinito.
Bueno
es recordar, que nacido el Estado, todas las formas económico-sociales
han conocido la intervención y la propiedad pública del Estado
y han conocido el mercado. Por tanto, desde entonces, no hubo,
ni hay, ni habrá, en el cercano futuro previsible, sociedades
que no vean la coexistencia de Estado, propiedad pública,
propiedad privada y mercado.
Todas
las sociedades han visto nacer, crecer y desaparecer diversas
concepciones sobre lo que es público y lo que es privado.
Todas
han oscilado en su modo de entender, a su vez, qué parte de lo
público debía ser privatizado, y qué parte de lo privado debía
ser etatizado.
Razón
por la cual, la historia, si es burdamente manipulada, puede dar
renga y artera razón a todos los mitos y teorías
fundamentalistas hoy presentes o que la libre imaginación pueda
pergeñar.
Remitiéndonos
solamente a nuestra matriz civilizatoria occidental, si no
todas, muchas sociedades corposas, inolvidables y nada
descartables en el análisis, han visto una secular lucha de la
sociedad civil con creciente sentimiento de identidad de lo
privado, para sacudirse la paralizante estabilidad momificada
del Estado sacralizado (Roma patriarcal u otras), con el fin de
crear sociedades con cada vez más desagregación de lo público,
con invasión de lo privado en actividades antes consideradas
intocablemente públicas, hasta crear formas de desestabilización
individualística (República romana o la que Ud. quiera) que volente
nolente terminaron por suscitar la inversión de tendencia,
con absorción creciente de la actividad privada por la pública
(Principado o el ejemplo que guste) que en proceso igualmente
exponencial transformó en público una enorme parte de la
actividad privada, burocratizó, reglamentó, corporativizó,
estamentó, hasta la minucia, a las actividades y a los hombres
portadores de esas actividades (Bajo Imperio "if
you like").
Y
por aquello de que nada nuevo hay bajo el sol, la megaestructura
estatal-burocrática estalló como se dice que estallan las
granadas de fragmentación, produciendo que todo lo público y
todo el Estado fuesen privatizados por miríadas de señores
feudales que en tanto sujetos privados se hacían justicia
privada, y con mesnadas privadas también la guerra privada. De
propia iniciativa privada eran jueces y gendarmes con cárcel
privada, recaudadores de tributos privados, monopolistas
privados de hornos de pan, molinos de moler, y lagares, privados
propietarios de puentes, caminos y puertas, por las que cobraban
pontazgos, peajes y portazgos. Que todo era privado hasta la luz
y cobraban por ella para permitir su paso, tasando puertas y
ventanas.
Era
la Civitas Dei del
liberalismo neto en la economía.
Y
quiso el destino socarrón, que otra vez la era de los "robber barons" pasase, y el Estado recuperase de modo
lento, gradual y multisecular, los poderes decaídos y volviese
a ser monopolista militar, dueño de la impartición de
justicia, alguacil mayor, único recaudador de rentas e
impuestos, señor de territorio con fronteras, aduanas y
aranceles, dispensador centralista de rentas monopólicas y
privilegios mercantiles, partero de burocracias con hidropesía
y autonomía comprada y pagada, en fin, señor absoluto de todo
lo que respira, anda, repta, nada, vuela y se mueve, animado o
inanimado, en lo que es su jurisdicción, según se decía y se
creía entonces, por gracia divina.
Hasta
que vino la nueva recuperación del individuo, señor de su
cuerpo, de su voluntad, de sus movimientos, de su actividad, de
los frutos de su actividad, cuyo efecto demoledor a nivel
molecular, - como dicen que actuó el comején en el maderamen
de la imponente mole del Escorial -, comiose la estructura
absolutista-corporativa para darnos esta nueva sociedad
capitalista que nos vio nacer a todos, es decir, a todos
nosotros que no hemos conocido otra sociedad que no sea esta y
que tendemos intuitivamente a considerarla como una forma la más
próxima a la eternidad. Que lo creo, como buen peatón
habituado a respetar la cartelería dominante.
Excursus
histórico que debiera hacernos ser prudentes, pacatos casi
hasta ser silenciosos, flexibles, abiertos, tolerantes, capaces
de comprender que todo puede cambiar tan aleatoriamente en el
futuro como ha cambiado en el pasado, sin que ninguna época lo
quisiese, ni lo propusiese, ni lo proyectase, ni creyese
necesario organizarse para que viniese. Y que por el contrario,
lo que los hombres quisieron, se propusieron, proyectaron, y
creyeron necesario organizarse para que viniese, sencillamente
no solo no vino, sino que ni siquiera vino nada parecido a lo
que querían que viniese. Sin que esto nos desmoralice ni nos
haga bajar los brazos para sí querer lo que está a nuestro
alcance, que ya fue dicho que la libertad es la necesidad hecha
conciencia… del marco real que en cada época se abre a la
libertad practicable, que lo fue y lo será si se la busca
tenazmente.
De
modo tal que conviene no alucinarse ante la exigencia sectaria
que afirma que quién no está conmigo está contra mí, tan
cerradamente desplegada por aquellos que quisiesen desplazar
esta sociedad privatística y poner otra omniestatalizante ya
diseñada y de quienes, por el contrario, quisieran conservarla
intocada y libre de toda contaminación estatalista, y que
consideran incompatible su mutua cohabitación y solo posible su
solo y extremoso derrotero.
Conviene
no creer. Más vale dudar. Porque la historia nos implora que
dudemos, de tanto hacernos ver las diversas (nacidas y extintas)
soluciones que han despejado las ecuaciones de número infinito
de grados que ha ido ofreciendo la vida y que me arriesgo a
apostar de que seguirá ofreciendo. Sugiriendo la hipótesis –
que, de ser posible -, solo habría que resolver las ecuaciones
del presente, porque es imposible resolver las inexistentes (del
futuro).
Salvo
mejor opinión, que las hay pero no las recuerdo.
La
placenta histórica uruguaya.
Premisa
de todo análisis de su forma específica de historia de
servicios y empresas públicas
I.-
Un país nacido y poblado por y para el mercado mundial
capitalista
Uruguay
es un país típico de colonización, realizada en sucesivas
oleadas inmigratorias europeas y de traslado esclavista de
africanos, sobre una escasa población aborigen, que más allá
de sucesivos mestizajes, desapareció como estructura social
tribal sobreviviente. El poblamiento fue organizado en una
determinada coyuntura mundial, en la que se pronunciaba el
dominio económico y militar de Gran Bretaña y se profundizaba
la formación del mercado mundial capitalista que objetivamente
impuso el aprovechamiento de la riqueza ganadera uruguaya.
Enfatizando la imagen, la sociedad uruguaya nace por y para el
mercado mundial capitalista.
El
poblamiento particularmente intenso en el último tercio del
siglo XVIII, está conformado en sus sectores altos en su mayoría
por individuos que han internalizado la atomización individualística
propia de relaciones mercantiles cotidianas, que persiguen la
producción de valores mercantiles y la consiguiente pulsión de
acumulación de capital. En los sectores medios y bajos, por
individuos que habiendo roto los vínculos naturalísticos de
relaciones comunitarias o de dependencia personal, procuran
reiniciar una relación autónoma de apropiación de la
naturaleza (la tierra) con el fin de asegurarse los medios de
subsistencia (meta de producción de valores de consumo) y que
saben y practican crecientemente la comercialización de
excedentes para el mercado (meta de producción de valores de
cambio).
La
ausencia de un sustrato consistente y competitivo de otro tipo
de sociedad (tribal, feudal, incluso de dominancia
mercantil-esclavista) creó las premisas de un sucesivo y casi
incontaminado tipo de sociedad homogénea en cuanto a sus
relaciones mercantiles y posteriormente capitalistas y en cuanto
a la formación de valores consuetudinarios de percibir su
propia sociedad como pura "naturalidad" con la
consiguiente adecuación a sus relaciones y valores
mercantil-capitalistas. Tanto más cuanto estos valores se
continuaban reforzando en la densidad de una población
inmigrante que ya los poseía en sus bases de partida. Esto
permite que el Uruguay al filo de los siglos XIX-XX fuera el único
país latinoamericano que había alcanzado la completitud de
relaciones capitalistas en todo el ámbito de su jurisdicción
nacional, sin retroterras precapitalistas consistentes.
II.-
Las fuentes de la acumulación de riqueza de la sociedad
uruguaya
Uruguay
realizó tempranamente una alta tasa de acumulación de capital.
Y esa forma específica de alta tasa de riqueza en una escasa
población, que le concediera una de los más altos ingresos per
capita del mundo en la primera mitad del siglo XX, es una de las
premisas de su específica forma de mecanismos de su distribución,
de su temprana y específica forma de considerar lo público y
lo privado, y de optar por el sector económico público.
Pero
esta opción tenía a su vez como premisa, que el desarrollo
objetivo del proceso histórico le propusiera esa opción (y a
veces de modo compulsivo), que esta opción le hubiera sido
posible y que su forma posible no haya sido el de las opciones
precapitalistas que han recorrido toda la historia humana , sino
la forma moderna posible de optar por el sector económico
estatal capitalista o capitalismo de Estado.
Esta
compleja retícula de posibilidades específicas del Uruguay,
merece al menos, de nuestra parte, que seamos capaces de
sentirnos perplejos, y por lo tanto, de explorar hipótesis que
rindan cuenta de ello.
Reitero
que todo lo que sigue a continuación es un sistema de hipótesis
que están a prueba de futuras investigaciones que las mejoren,
rechacen o sustituyan.
1.-
La producción esencial del país, y sobre todo, la producción
exportable, fundada en la ganadería, gozaba y goza de una alta renta diferencial. La renta diferencial es la que surge del
bajo costo relativo de producción de la ganadería nacional por
aprovechar de una notoria ventaja natural: la zona de pasturas
naturales que proveen de alimentación, insumo fundamental del
producto final ganadero; y de condiciones hídricas también
excelentes.
La
renta diferencial no se materializa automáticamente en ganancia
y esta en acumulación capitalista y esta, a su vez, en
acumulación de riqueza nacional, si no se dan otras
condiciones. En primer lugar, el aprovechamiento general de toda
la producción de carnes para su inserción en el mercado
mundial, cuya resolución tecnológica sobrevino con la revolución
del transporte y de la frigorificación.
Este
acceso expandido de toda la producción cárnica al mercado
mundial, acelera la incorporación de las razas finas (de carnes
y lanas) y la sustitución de los tipos criollos por razas de
alta productividad. La previa acumulación de capital permitió
realizar la alta inversión en las empresas ganaderas.
2.-
Desde el punto de vista técnico, la ganadería conoce una
especialización (poco o totalmente lograda) que corresponde a
una división técnica del trabajo que no está demasiado
alejada de la existente en la propia industria fabril, y a la
cual pedimos prestada una cierta terminología. En la cadena
productiva se puede reconocer la existencia de productores de
reproductores genéticamente mejorados, reproductores, artículos
en proceso, producto final. La intensidad rentable de esta
cadena productiva, como la de tantas, se funda además en el
acortamiento de los plazos para que se reduzca al óptimo la
rotación de capital invertido.
A
diferencia de la producción de alimentos básicos de la
periferia mundial, la ganadería posee lo que en diversos
lenguajes de las escuelas económicas, podemos denominar,
"alta composición orgánica de capital" o "alta
intensidad de capital" en relación al costo de capital
invertido en remuneraciones. Esta "alta intensidad de
capital" de la ganadería no solo no es inferior a la de
muchas industrias manufactureras a intensidad de trabajo, sino
que en estos primeros
decenios de acumulación de capital, podía ser incluso superior
a la intensidad de capital de las industrias ligeras o
tradicionales europeas.
3.-
Esta doble fuente de acumulación de capital nacional, fundada
en su alta renta diferencial y en su alta composición a
intensidad de capital de su producción básica, en definitiva
podría haberse desvanecido fluyendo al extranjero, si dicha
producción perteneciese a empresas extranjeras que apropiándose
de ambas ventajas, exportasen sus ganancias a sus países y
casas matrices. La empresa ganadera uruguaya es de propietarios
residentes (no importa su lugar de nacimiento) que reinvierten
su capital (o gastan su ingreso en consumos) dentro del propio
país, que lo reinvierten en el sector ganadero, o en sectores
industriales, comerciales y financieros del país, o incluso, en
la adquisición de títulos públicos, que fue efectivamente una
de sus lucrativas inversiones, y que permitió al Estado no solo
financiar en ciertos períodos, el presupuesto corriente, sino
incluso encontrar internamente buena parte de los fondos para
sus inversiones productivas.
4.-
Por obvio que sea no se puede olvidar que la forma esencial de
intervención económica del Estado es su política impositiva,
sobre cuyo fundamento puede obtener diversas formas de rentas, y
de aplicar una inversión productiva o improductiva de los
recursos. Y esto importa recordarlo en la breve historia del
Uruguay como país. Esta riqueza uruguaya, más allá de su
distribución, fue a su vez la premisa de una alta capacidad de
recaudación impositiva del Estado uruguayo, y en el largo período
en que pervivió la arcaica estructura impositiva fundada en las
rentas de aduana, le posibilitó una alta capacidad de
recurrencia al crédito interno y externo. Y fue su existencia
como recurso abruptamente incrementado el que permitió que se
lo utilizase en una especialísima coyuntura que abrió la opción
etatizadora y que habiéndose "visto que era buena",
como en el Génesis, prosiguió vislumbrando opciones y luego
ordenándolas en sistema de ideas de intervención sistemática
del Estado en la economía, en la medida en que la parte del
Estado en el incremento de la acumulación de capital uruguayo,
y la coyuntura del mercado mundial, permitiera que se creyese y
se confirmase posible su constante uso para materializar esos
objetivos.
III.-
El movimiento pendular entre sociedad democrática y sociedad
clientelar
Los
hombres cuando no conocen las relaciones de igualdad, o cuando
son despojados del acceso a los bienes, o cuando no disponen del
amparo de las leyes, suelen apelar al amparo de las relaciones
personales subsidiarias. Las relaciones personales han adoptado
la forma de relaciones jerárquicas donde imperan las relaciones
de dependencia personal que se erigen sobre un dado intercambio
desigual entre superiores e inferiores. Los términos del
intercambio pueden ser muy variados. Se dan y se reciben bienes
y/o servicios de ambas partes.
1.-
No puedo detenerme en su historia uruguaya. Solo recordar su
recorrido final: la modernización de la sociedad con el imperio
de la ley y la creación juridizada de un Estado de derecho que
sin embargo debió transitar caminos donde por un largo lapso se
solapaba con fuertes reminiscencias de la ética del compadrazgo
y el clientelismo como constante sustituto de la falencia o
ausencia positiva de la ley y la igualdad.
Lo
que importa es el problema histórico milenario: el
desfasamiento entre una estructura real ya dominante y la
percepción, ética y cultura aun arraigada, de la estructura
que fue o que todavía permanece en nichos larvados de la
sociedad.
Con
la creación del Estado moderno, la cultura de amplias masas más
allá de cuánto supieran sobre las modificaciones, seguía
esperando de las estructuras de Estado y de los partidos, que
continuaran la práctica clientelar de intercambio de bienes y
servicios entre cúpulas y bases populares. La forma de
participación en los bienes podía ir desde los contratos
privilegiados hasta la participación burocrática de la renta
del Estado como jerarca o funcionario común. Con el desarrollo
expansivo de la universalidad del voto, el intercambio de voto
contra participación en los cuadros burocráticos u otras
formas de goce de la renta del Estado, cambió de forma pero
dentro del mismo marco de valores de reciprocidad entre el dar y
el recibir.
La
premisa de la acumulación creciente de riqueza nacional y de la
creciente participación de las rentas del Estado en esa
riqueza, otorgó al Estado y al partido de gobierno una amplitud
creciente de poder clientelar, y como contrapartida una amplitud
creciente de apetencia de los sectores populares para un uso
clientelar de su distribución. No es casual que uno de los
argumentos fuertes contra el crecimiento de la intervención
económica del Estado, y en particular, contra las empresas del
Estado, fue que esto redundaba en ventajas electorales del
partido de gobierno a través de la potencial distribución
clientelar del empleo y de la renta.
La
revolución democrática de la independencia nacional de sello
artiguista tuvo dos vertientes profundamente enlazadas: por un
lado fue la primera en declararse independiente, republicana,
federal y democrática, por otro lado organizó y aplicó la única
gran revolución agraria a favor de la masa de pobres del campo,
de los excluidos, perseguidos y despojados en la era colonial.
Tuvo, como se sabe, corta vida. El país se organizó bajo una
constitución censitaria, privilegista, desigualitaria, expresa
y confesadamente elitista, declarando como única humanidad política
a la humanidad propietaria y arrojando al sótano de la
humanidad a los no propietarios, dependientes y asalariados, a
los esclavos y libertos. En ese marco el país vivió la
intervención extranjera, guerras civiles sin pausa, motines,
golpes de Estado, dictaduras.
Pero
más allá de las tormentas que estallaban en el cielo de sus
pastores, en la tierra, las vacas y ovejas se reproducían
porque sabían cómo hacerlo, y crecían porque los pastos crecían
y con ellos, la riqueza se acumulaba en manos de los pastores
ocupados en la épica. Al filo de los siglos 19-20, los dos
grandes partidos históricos se combatieron en dos revoluciones
para transar en la creación de una sociedad democrática y un
Estado de derecho, tanto más viable porque la coyuntura mundial
ofreció un auge económico sin precedentes a la economía
nacional. La constitución democrática de 1917 coronaba un
decenio largo de convivencia democrática y pacífica entre los
partidos, que nadie hubiera imaginado posible en el siglo XIX.
Era otro país.
2.-
La democraticidad de la sociedad uruguaya no se mide solo por la
estructura formal de su constitución y sus leyes. Pero es
imposible sin esta estructura formal; y todo lo que suponga su
desprecio es un desprecio a la sustancia de la democraticidad. Y
la sustancia de la democraticidad se funda en el conjunto de
relaciones sociales, económicas, jurídicas, que suponen la
existencia de hombres poseedores de su cuerpo, de su voluntad,
de sus movimientos, capaces de optar por actividades sin coerción,
por gozar de acceso a la educación, y por estar habilitados a
consagrar su intercambio de actividades recíprocas bajo las
garantías del contrato libre entre iguales, y de instancias
justicieras que consagren su cumplimiento: en síntesis, en el
consenso cotidiano y reflejo de que sus miembros se consideren
recíprocamente como iguales poseedores del derecho a tener un
derecho.
Y todo ello no es
fruto de una revelación que reordena la sociedad en una
deflagración instantánea, sino que es fruto de un largo
proceso, donde la formación de una sociedad de hombres libres
convierte su modo de estar en la sociedad en una conciencia
cotidianamente reiterada y en una percepción consuetudinaria
que termina por considerar que la sociedad que así vive es una
forma más de la naturaleza y el paisaje.
Es
el momento en que la democraticidad asume la forma de historia,
memoria, y de parte sustantiva de la identidad en que una
sociedad se reconoce a sí misma. Y ésta, precisamente ésta,
es la irreductible fuerza de la democraticidad de la sociedad
uruguaya.
Cuando
esta conciencia y este consenso arraigados son violados, solo
este tipo de sociedad estructuralmente democrática puede ser
capaz de resistir a la violación y dar los pasos para su
restablecimiento, precisamente porque el deshacimiento de la
forma no puede cancelar la constante producción de
democraticidad segregada por el mero funcionamiento de este tipo
de sociedad. De ahí que apelando a este sentido de la
democraticidad uruguaya, esta no solo no se vio desmentida por
los paréntesis cesaristas y autoritarios de 1933 y 1973, sino
que fue confirmada por el método del absurdo. La democraticidad
sustancial salió en ambos casos reforzada, debido precisamente
a una sustancia de relaciones societarias que constantemente
gotean democraticidad y que muestran precisamente su
sustantividad en que funcionan por inercia y naturalidad cuando
se vive por generaciones la estructura formal democrática, y
que no fallecen cuando se les sustrae esa estructura formal
conquistada en faena secular porque tienen la doble existencia de democraticidad societaria real y de
memoria de su pertenencia troncal de la identidad.
Y
a su vez, se ha vuelto a reiterar que la estructura formal
democrática es la sola forma en que la sustancia de la
democraticidad puede realmente manifestarse. Y en fin de cuentas
se confirma que solo una burocracia autoritaria, cualquiera sea
su signo (conservadora o jacobina), es la que termina gozando
los frutos del desprecio de la estructura formal de la
democraticidad que, mal que nos pese, se ha difundido
recurrentemente en segmentos de la sociedad mundial y nacional
durante diversas encrucijadas históricas de los últimos dos
siglos.
3.-
El Uruguay es un país joven, y si bien, la elaboración y
aceptación de un mito no necesita de milenios, es cierto que en
una sociedad de poco más de doscientos años de existencia, un
mito suele ser más fácilmente descalabrado por la historia en
su marcha puramente profesional de investigación.
Cien
años son tres generaciones. Y en tres generaciones la historia
es ante todo memoria: se tenía memoria de la igualdad de los
hombres en sus orígenes y de su recurrente desigualdad por obra
de despojos visualizables en cada generación y transmitidos por
la memoria. Y el sentimiento de igualdad es la columna central
del sentimiento de democraticidad. Iguales son los hombres,
ergo, las relaciones democráticas lo son si son relaciones
iguales, pero solo son posibles si hay hombres iguales que se
otorgan recíprocamente la misma calidad. Esta era una fuente
solidísima de la democraticidad uruguaya, que se sentía como
inseparable del derecho igual de todos a participar en la
riqueza bajo formas de distribución que la materializasen.
Formas de distribución que podían fluir por doble cauce. No se
optó por uno. Se utilizaron los dos: la distribución de
intención democrática entre iguales, y la distribución
clientelar entre diferentes. Más democrática en la hora del
empuje reformista, más clientelar en la hora de su declive. Y
en las transiciones, surgió una forma inesperada, la distribución
"democráticamente" clientelar: la igualdad, o al
menos la proporcionalidad democrática del derecho igualitario
de los dos grandes partidos a ejercer con autonomía su viejo
legado de capacidad clientelar legitimada por la historia.
4.-
Tal fue la lógica objetiva, impersonal, de este proceso histórico
específico, de esta sociedad uruguaya específica. En la
historia no hay libretos predeterminados. La historia no es el
cumplimiento ni la violación de un proyecto ético y
justiciero. Pero tampoco está clausurada la posibilidad de que
lo sea. Si algo enseña la historia es que las variables
rezagadas, las opciones descartadas, crean constantemente
bifurcaciones que clausuran derroteros soñados, pero abren
otros. La flecha del tiempo es irreversible, pero solo para el
pasado; no hay futuro irreversible, por la maravillosa razón de
que está abierto. Siempre podrá ser de otro modo, si
defendemos otras variables y diseñamos otras opciones.
Me
permito interrumpir la secuencia cronológica concreta que
debiera seguir a estas premisas históricas para enunciar lo que
durante su análisis me han parecido las hipótesis
interpretativas que conviene ensayar.
Y
allí van las que denomino:
Hipótesis
con vocación de tesis
A)
La intervención económica del Estado, las empresas del Estado,
son comunes a todas las formaciones económico-sociales y no
caracterizan a ninguna en particular.
B)
El mercado, entre individuos privados, corporaciones privadas,
entes públicos, es común a todas las formaciones económico-sociales
siempre y cuando estén presentes sus actores y el intercambio
de sus actividades en un sistema de relaciones mercantiles
mediadas por el dinero, y, por tanto, la existencia del mercado
no caracteriza a ninguna en particular.
C)
La intervención económica del Estado, bajo forma de control de
la produción, la distribución, la moneda, del comercio, de la
exportación e importación, de los precios, ha sido común a
todas las formaciones económico-sociales y no distinguen a
ninguna en particular.
D)
Las distinciones corresponden a otro plano de las relaciones
económico-sociales (que ahora no tratamos).
E)
Esto no significa que las diversas formaciones económico-sociales
no hayan practicado prioritariamente determinadas políticas
respecto a la intervención del Estado, incluida la propiedad de
empresas públicas (con o sin monopolio público), en diversas
épocas históricas de su desarrollo.
(F)
Esta política ha estado muchas veces dictada por razones
coyunturales que en una práctica que sobrepasó los objetivos
iniciales puede haber abarcado períodos más o menos
prolongados.
(G)
Como todo acto de decisión política, se somete a exigencias
económicas, sociales, jurídicas, políticas, culturales, ideológicas,
inextricablemente enlazadas, en una coyuntura concreta e
intransferible de una dada sociedad.
H)
Esta política o irrumpe modificando sustancialmente una práctica
previa y suele ser fundamentada con un cierto equipaje teórico,
o se limita a seguir una práctica ya existente que solo
requiere legitimarse en la costumbre. Entre una u otra fase,
suele percibirse una cierta transición, desde ese momento
inicial en que se solicita ser aceptado como solución de
emergencia y transitoria, hasta una fase rutinaria que se
desenvuelve teorizando su propia práctica con discursos sistemáticos
ausentes en su primera fase: la necesidad se hace virtud y la práctica
se vuelve teoría, esta en sistema, en tránsito perezoso y a
veces imperceptible hacia la dogmatización.
(I)
Si nos limitamos al período signado por el sistema económico
capitalista, podemos percibir diversas fases en las que se han
expandido regímenes de predominio de la estructura privatística
y fases en las que se han expandido regímenes de predominio de
la estructura estatista. Pero cualquiera sea el cuantum y el cómo
en que tales regímenes han adquirido un predominio mayor o
menor no se pueden olvidar ciertas premisas: (a) ambos han
permanecido dentro del sistema económico capitalista; (b)
incluso en las fases y países de mayor expansión estatista, el
régimen privatístico seguía siendo el tejido principal del
espacio económico; (c) extremadamente privatístico o
extremadamente estatista, las fases que vieron su expansión no
son productos de "desvíos de la razón teórica de la vera
ciencia económica", ni fruto de modelos sistemáticos,
sino formas que solo piden su legitimidad al hecho de ser fruto
espontáneo, descentrado, no volitivo, de sociedades cuyas
actividades económicas desembocaron en tales tendencias de
cambios estructurales, y que luego de encontrarse con la
criatura de un nuevo régimen entre los brazos, terminaron por
convencerse e intentar convencer, que tal régimen era querido
por la razón, por la vera ciencia, y que seguramente habría de
perdurar sin retorno a esa fase previa cuyos pecados originales
habían sido purgados con esta emergencia del régimen que ahora
se juzgaba como tendiente a la eternidad.
(j)
Si esta hipótesis que expongo como un cuerpo abierto y
tentativo de tesis, fuera cierta, como tiendo a pensar hasta
prueba histórica en contrario, sería prudente por tanto
abandonar el juego de suma cero entre diabolización y
divinización de sistemas dogmatizantes de las fases empíricas
recorridas, y por el contrario concebir que no está reñido con
la razón, ni con la ciencia, ni con la conveniencia económica,
social, política, que se debata tan serenamente como se pueda
en este mundo real de contraposición real de intereses reales,
que este debate sea en torno a un enfoque teórico y práctico
de opciones alternativas, que más allá de una estrategia
conjuntista, sea capaz de dar respuestas puntuales,
diferenciadas, a cada uno de los sectores de servicios públicos
problematizados, para los cuales puede haber soluciones en unos
que quizás sean incompatibles en otros.
(K)
Más allá del desfasaje temporal entre modificaciones radicales
(por lentas que sean) nacidas de las sucesivas revoluciones
tecnológicas, y las políticas económicas que ensayan
respuestas hasta convertirse en nuevas políticas económicas
rutinizadas , no se puede menos que retener que cada fase
cambiante entre predominio estatista y predominio privatístico,
ha sido resultante de revoluciones tecnológicas separadas por
intervalos cada vez menores. Y que por tanto, el actual debate
no solo no repite las viejas confrontaciones de dos siglos de
capitalismo, sino que se distingue por rasgos nuevos: (a)
estamos ante la revolución tecnológica más radical de la
historia de la humanidad; (b) es una serie inacabable de
revoluciones tecnológicas que se acaballan entre sí; (c) su
ritmo de novedades crece a tasas exponenciales; (d) este cambio
exponencial no solo es difícil de ser digerido teóricamente
por una percepción cotidiana y científica sacudida, sino que
además nos inquieta porque nos plantea la paradoja de que es
difícilmente institucionalizable, y que, por tanto, debemos
resolver varios desafíos al mismo tiempo, y sobre todo el de
encontrar formas que no se dejan descubrir fácilmente, de crear
un "algo" que sustituya a las viejas formas rígidas y
morosas de las instituciones económicas, que como tal, como
instituciones se permitían la institucionalización porque se
daba por descontado el eventual largo plazo de su existencia en
un mundo de lentos cambios tecnológicos y económicos.
(L)
Las políticas económicas no han sido fruto de modelos teóricos,
sino por el contrario, han sido los cambios estructurales económicos
(y en todos los niveles analíticamente desgajables de una
realidad única) los que han inducido a modificar lenta o
abruptamente las políticas económicas, en cuya expansión han
terminado por solicitar que se las comprenda teóricamente
mediante esquemas y modelos generalizantes de los rasgos que en
su reiteración y eficacia histórica segregan una percepción
cotidiana de su funcionamiento que luego se vuelve teoría en
los especialistas que toda cultura produce como sistematizadores
de la percepción cotidiana, y por mediación de esta, de la
realidad que ha impuesto esa percepción cotidiana. La realidad
actual, al mismo tiempo gelatinosa y vertiginosa, posiblemente
no solo descarte el tipo de batalla de los caballeros con
armadura de las viejas polémicas dogmáticas, sino que quizás
nos reclame la modesta tarea de organizar una secuencia de
modelos comprensivos cuyo principal rasgo debe ser el de su
sustitución sistemática, abierta, de modelos
teóricos sin afectividad (no tendrán tiempo de crear
escuelas y riñas académicas), y que por lo tanto serán
pasibles de ser abandonados y descartados por sus voceros, por
la razón del artillero: antes de imprimir sus tesis de
doctorado, el mundo ya habrá cambiado.
(M)
Las nuevas condiciones de revolución tecnológica colocan un
dilema de hierro a nuestra sociedad. Perder el tren no es solo
quedarse en el andén, es ser arrollado por el que viene. Tendrá
pues que estudiarse con participación paritaria de todos -
Estado, partidos, empresarios, trabajadores, científicos y técnicos,
la Universidad, las organizaciones sociales de todo cariz - las
formas de acceso y aplicación de la novedad tecnológica.
Aprendizaje y reaprendizaje son un continuo en la actual
sociedad del conocimiento; y la educación y la ciencia son la
principal fuerza de la producción, del desarrollo multifacético
y conjunto de la sociedad y del individuo, y serán la única en
el siglo comenzado.
(N)
Si alguna forma de resolución inmediata de ciertos servicios y
empresas públicas supone – precisamente lo que debe ser
probado - que el acceso a la tecnología derive en algún tipo
de asociación con empresas privadas, nos plantea
inexcusablemente una serie de problemas: (a) la inercia del
viejo mundo (el de hace 20 años) hace que los operadores de los
cambios continúen siendo un mundo de políticos, empresarios y
trabajadores incluidos en los organismos que tradicionalmente
los representan. Los políticos, más allá de intenciones, han
sido esclavos de conductas clientelares y de relaciones
personales de amiguismo y compadrazgo que han contribuido
largamente a la elefantiasis burocrática y a la ineficiencia
económica. En sectores felizmente menores incluso hemos sufrido
fenómenos de corrupción y de colusión entre lo público y
privado. La eliminación, absolutamente posible, y que adquiere
un consenso cada vez mayor entre todos los partidos – quiero
creerlo -, es el de darle inmediato fin al fenómeno, como
condición sine qua non. Se
lo haya pensado o no, se lo quiera o no, el problema de los
servicios y empresas públicas está indisolublemente unido a la
reforma desburocratizadora del Estado, solo posible llevando la
revolución tecnológica a su interno; pero no menos
indisolublemente unido, a la reforma de los partidos – de
todos – con adecuación de los mismos a las tareas que se
avecinan.
El
mundo de los empresarios tiene una tarea no menor. Formados en
buena parte en el período proteccionista cuando el
proteccionismo había dejado de cumplir su función defensiva
contra el proteccionismo de las grandes potencias, incapaces de
reconvertirse a tiempo, han tardado demasiado en convencerse que
la rentabilidad ya no puede ser fruto de privilegios y subsidios
y mucho menos fruto de la violación de los derechos económicos,
sociales y sindicales de sus trabajadores. Quizás sea el sector
social que más necesite de una profunda reforma estructural
(reconversión tecnológica) y de su comportamiento y conciencia
del nuevo tipo de empresariado, radicalmente diverso al que
imperase en dos siglos de capitalismo, que exige la actual
revolución tecnológica.
En
el sector de los trabajadores, los cambios serán, a mi
entender, menos dificultosos, pero sí más traumáticos, porque
deben reorientar su percepción y su comportamiento al mismo
tiempo que sufren lo peor de la reconversión, con bajos
salarios, con desempleo, y con urgencias donde se juega lo que
ningún otro sector se juega: la subsistencia y la condición de
dignidad. Sin embargo, sus tradiciones históricas de
independencia, de rabiosa necesidad de comprender los mecanismos
reales de la sociedad, para ponerlos al servicio de la milenaria
aspiración de los excluidos a satisfacer las necesidades de
todos los seres humanos, me hacen pensar que son el sector
social más disponible a una auténtica revolución estructural.
(Ñ)
Las formas de asociación con el sector privado como instrumento
de acceso a la inexcusable revolución tecnológica en curso,
supone que se da por descontado que la empresa pública ya no es
capaz de resolver el desafío que plantea la enorme brecha de
conocimiento que nos separa de los centros donde ha deflagrado
el salto científico y tecnológico. Dícese que la gallina
hambrienta sueña con maíz. Pero sin ánimo voluntarista me
parece obligatorio puntualizar que esta situación no fue fruto
de un proceso natural de desertificación de la capacidad económica
del Estado, sino fruto de un comportamiento erosivo
humano-social y político de la quasi-fusión entre Estado y la
adicción compulsiva al clientelismo partidista. De que pudo ser
de otro modo lo demuestra el buen comportamiento de las empresas
públicas en sus primeros veinte años de vida. Quizás, - soñemos
despiertos -, valdría la pena una experiencia piloto en una
determinada empresa pública, munida de un sistema de gestión
orientado por profesionales, donde rigiera un sistema de
participación en la gestión de parte de sus funcionarios, un
sistema de remuneración que estimulase su compromiso eficiente,
un régimen de aprendizaje continuo de sus cuadros y personal,
una autonomía flexible que le permitiese regirse en un mundo
competitivo con rápidas respuestas, sin desmedro de la
responsabilidad patrimonial de sus gestores y sin desmedro de su
transparencia inmediatamente controlable por los órganos
reguladores. Me sentiría muy mal si esta no fuese una de las
opciones en debate.
(O)
La otra opción a la vista es la asociación con el sector
privado nacional o extranjero (o mixto) en sectores claves y
estratégicos del Uruguay. Claves y estratégicos a un nivel
superior incluso al del pasado, porque la revolución tecnológica
transita en gran parte por sus carriles (la información, las
telecomunicaciones, la energía). Y aquí nadie puede hacerse el
distraído. Tenemos geográficamente demasiado cerca la
delictuosa experiencia de vender las joyas de la abuela. Sabemos
que para cualquier empresa trasnacional, la tentación de hacer
un buen negocio es demasiado fuerte, y nadie es ni será como
San Antonio y menos como Jesús, capaz de resistir la tentación
de corromper los eslabones débiles del Estado para sacar
ventaja a otro competidor y sustituir un monopolio público por
un oligopolio privado. Cuando se agitan las aguas de la
privatización, que nadie se haga el distraído. Los lobbies ya están armados en la línea de largada, con todos los
componentes interdisciplinarios necesarios, con la pólvora seca
y el gatillo celoso. Además, esta es una época de vertiginoso
cambio tecnológico, por lo que la elección de la tecnología
asociada no es tan sencilla. Lo peor que nos puede ocurrir es
asociarnos a tecnologías perimidas o que recorren secuencias técnicas
de corta vida. Y también aquí es bueno recordar que las
tecnologías convertidas anualmente en chatarra, buscan siempre
la posibilidad de reencarnarse en oro si encuentran quienes
compren cuentas de colores.
(P)
Esto coloca la información plena, la transparencia total de
toda la actividad económica del Estado, y la institucionalización
de la información, la transparencia, y el control, que
por sí mismas son el control social integral donde todos
controlan a todos, porque se trata de la riqueza pública que
pertenece a todos. Lo que en realidad se exige es que el pueblo
como propietario de la riqueza económica a través de su
personero, el Estado, tenga acceso al control de su propiedad,
que el decálogo privatístico no puede repugnar, porque es
conforme al principio mismo que la propiedad privada enarbola
como su principal ventaja operativa y que se ha hecho
objetivamente todo lo posible para que no sea, como debiera ser,
el atributo esencial de la propiedad pública.
(Q)
Y por último - que es lo primero -, que toda solución (en el
supuesto que se la halle) no puede olvidar que será realizada
sobre seres humanos de carne y hueso, los trabajadores, que toda
solución debe recordar que los seres humanos no son ni
descartables, ni reciclables en materia prima aglomerada. Y
sobre todo que, lejos de ser los responsables de la crisis que
vivimos, son sus principales víctimas. Que por lo tanto, el
primer requisito de una solución auténtica es que toda la
sociedad se haga cargo de la reinserción de los marginados y
desempleados y de su formación o recalificación para su
inclusión paritaria en la nueva sociedad del conocimiento que
está abriendo dolorosamente sus puertas.
De
no ser así, asistiremos a otro torneo de retórica que siempre
históricamente ha precedido al estancamiento, a la impotencia,
y a la crisis.
NOTA
FINAL
Debido
a la extensión que me ha insumido la síntesis histórica
mundial y nacional de la peripecia de lo público y lo privado,
he redactado un Apéndice para llenar ese vacío. Posiblemente,
si hubiera acuerdo, será publicado en el libro anunciado por el
Instituto. De todos modos, terminado el Seminario lo incluiré
en mi sitio : Mondel. Netfirms.com
Apéndice
1
Esto
dio lugar a la revolución artiguista y a una alta participación
popular consciente de las masas de pequeños propietarios y
poseedores pobres de la campaña lastimados por el empuje
expropiador del latifundio colonial en los años inmediatamente
previos a la revolución. Derrotada la primera oleada, esa
memoria insepulta dio ánimo radical a la segunda oleada de la
independencia y a la lucha de los poseedores por reivindicar el
estatuto democrático y la propiedad democrática de la tierra
por parte de la misma generación que había vivido la primera.
En las dos primeras presidencias del país independiente, la vía
democrática radical artiguista y su legado se vio
definitivamente obturada. Las relaciones democráticas,
horizontales, de igualdad entre los hombres, fueron sustituidas
por relaciones verticales de inserción de los hombres en la pirámide
de las relaciones personales de las divisas. Fue otra sociedad,
que elaboró gestas, valores, figuras paradigmáticas, de la que
digamos al menos, que era radicalmente distinta como estructura
a la germinada por la hora mágica de la revolución artiguista.
Y a la par de esa nueva sociedad y estructura, una valoración
del pasado que se coronaba en otro mito: la "leyenda
negra" de Artigas.
Sobrevino
la modernización, la irreversibilidad del país independiente,
la necesidad objetiva de una figura que trascendiese la fractura
binaria profunda de la sociedad, de un retroceso al país
inescindido, al antes del después. De modo natural un mito fue
derogado por otro unificante con la apología de un Artigas santón
liberal fuera del tiempo y del espacio, orbitando muy alto en
torno a su descendencia terrenal de divisas y caudillos hijos de
su tiempo y de la debilidad de la carne.
3.3.3.-
El último tercio del siglo XIX ve coincidir procesos que
desembocan en cambios estructurales no solo de la economía sino
de la misma demografía y relaciones sociales de la campaña.
Barrán y Nahum han descrito documentadamente la abundancia de
terreno fértil para convocar alzamientos que de algún modo
correspondiese a la difusa y generalizada conciencia de cambio
radical de su civilización rural y estilos de vida y del
oneroso precio que pagaban los eslabones pobres y débiles de la
campaña a esa modernización de la que solo percibían su
propio despojo; alzamientos en el cual encontraban el
sentimiento de igualdad avasallado que estallaba en su "naide
es más que naide" y en su llamado de retorno al pasado
pletórico de carne y sin cercados y potreros en su "aire
libre y carne gorda".
Apéndice
2
Cuando
en 1694 se funda el Banco de Inglaterra por suscripción pública
entre privados, el Estado inglés le proporciona un seguro de
existencia mediante la concesión de 100 mil libras como garantía
de dividendos, al tiempo que lo convierte en apéndice
financiero del Estado. Al mismo tiempo se difunden bancos
privados bajo la forma de sociedades por acciones. Tanto el
Banco de Inglaterra como los otros bancos privados sin
privilegios emiten papel moneda. Es absolutamente imposible
relatar la historia de fraudulentas bancarrotas de los bancos
privados, que solo son canalizadas con la aparición de una
legislación de control estatal. Parecía definitivo el triunfo
de la emisión de billetes y la sagrada convertibilidad automática
en monedas de oro. Pero el Diablo está en los detalles, como el
de la larga coyuntura de guerra contra Francia. Por dos veces se
producen graves crisis de liquidez y en 1797 se impone la bank
restriction, o sea, se impone el curso forzoso del billete
del Banco de Inglaterra, que en 1811 adquiere el estatuto de
curso legal. El curso
forzoso se extendió un cuarto de siglo, desde 1797 a 1821, en
que se restableció la convetibilidad. Era el primer traspié
de la doctrina librecambista.
En
1825 y 1836 Inglaterra y el mundo capitalista sufren las
primeras crisis cícilicas. En la primera aun regía la Ussury
Law que imponía la tasa máxima del 5 % de interés. En la
segunda crisis, el Banco de Inglaterra pudo haber optado por
maniobrar la tasa de descuento (no tenía ninguna obligación
legal), pero se negó a timonear la liquidez del mercado
convencido de que la crisis debía dejarse librada a la
autorregulación de la circulación. En 1847 hubo otra crisis y
el Banco conforme a su concepción (currency
school) canceló los créditos. El gobierno le obligó a
usar la palanca del descuento con promesa de resarcir sus pérdidas
(doble violación del automatismo). La crisis se resolvió. En
1857 se repitió la crisis, pero el Gobierno no esperó la
ortodoxia del Banco, le ordenó utilizar la tasa del
redescuento. Luego de cuatro crisis, la orden administrativa del
Estado se transfiguró mágicamente en "automatismo" y
en teoría pura. Manca la "mano invisible" sobrevino
la ortopedia de la "mano visible" del Estado. En las
siguientes crisis de 1866, 1890, 1907, hasta 1914, se hizo una
suerte de common law, que
el Banco de Inglaterra no cortase el descuento en la hora de pánico
y que por el contrario lo continuase modificando la tasa. Desde
entonces la ortodoxia y los manuales repiten que el Board
of Governors del Banco de Inglaterra, como las sacerdotizas
de Delfos, se limitan a recibir la orden automática de los
dioses del mercado. La teoría de la "mano invisible"
era impoluta, solo que la política económica (la "mano
visible") debía adaptarla a la asquerosa realidad.
No
fue mejor el curriculum del resto de las palancas "automáticas"
del libre mercado. Como se sabe pero es impúdico recordarlo,
Gran Bretaña fundó su irresistible ascenso en el
mercantilismo, proteccionismo y una "pizca de arsénico"
(Voltaire) de piratería, corso, y guerra naval. Conociendo su
propia biografía, prohibió la exportación de máquinas y la
emigración de su mano de obra especializada. A medida que toma
fuerzas pone cara de ángel, y en 1823 comienza a suprimir
partes del Acta de Navegación, y se toma otro cuarto de siglo
antes de cancelarlo en 1849. Entre 1825 y 1842 suprime con
parsimonia sus medidas mercantilistas de defensa de secretos
industriales y de la libertad de emigración de su mano de obra.
En 1846 son abolidos los altos aranceles a la importación de
cereales. Entre 1846 y 1860 en pasos lentos va suprimiento los
aranceles proteccionistas sobre su producción general, y solo
quedan 45 artículos donde no admite competencia. Como se ve el
liberalismo británico supuestamente contemporáneo a la creación
del universo, tuvo una preñez casi secular antes de ser casi
totalmente aplicado. La criatura del libre cambio tuvo una
muerte prematura: murió en 1914. De lo que puede afirmarse que
fue una breve interrupción de tres cuartos de siglo en la larga
histoia de ausencia de liberalismo. Luego de otros 65 años
recomienza la nueva órbita del liberalismo británico con
Thatcher.
El
liberalismo conoció entonces un frenesí que duró un decenio:
de 1860 a 1870, la llamada "década liberal", tan
excepcional pareció entonces cuando pasado el frensí en los años
70 todos volvieron al cálido regazo del proteccionismo. Entre
1878 y 1881 casi todos los países europeos vuelven al
proteccionismo a un punto tal que en Gran Bretaña estalla el
clamor de volver al proteccionismo propio. Gran Bretaña resiste
con coraje y opta por la estrategia de que paguen la boda los
indefensos de Africa y Asia. Se lanza a conquistar un imperio
colosal tres veces mayuor del que poseía. Conquista así
mercados cautivos. Desde entonces deposita allí las cuatro
quintas partes de su producción industrial. Francia, Alemania,
Bélgica, Italia, Rusia, siguen ansiosamente la misma ruta
colonial. El proteccionismo triunfa en todo el planeta. Los
neoconservadores de nuestro país maldicen la hora en que poco
después, Uruguay siguiera la misma política proteccionista.
EEUU
no padeció la fiebre liberal. Con una sólida e inmutable
tradición proteccionista, su sistema de tarifas aduaneras era
impenetrable sin que jamás sus dirigentes considerase que esto
fuese contrario al credo individualista y liberal. Pero conviene
observar su propia historia al respecto. Contra toda evidencia
intuitiva, EEUU fue el primer país del continente en fundar un
Banco de Estado, en 1791, cuando ya existían tres bancos
privados. Su política conservadora fue tan combatida, que en
1811 cesó porque vencido su plazo no le fue prorrogado. La
segunda guerra con Inglaterra en 1812 provocó el caos
financiero. Los bancos de Nueva Inglaterra declararon la
inconvertibilidad. El Estado no tuvo otro remedio que volver a
pecar fundando el segundo Banco estatal, que desde 1823 también
siguió una política de emisión restrictiva, provocando una
violenta oposición de los deudores integrantes del partido
"inflacionista" que llevó a su segundo cese en 1837.
Eran años de desenfreno emisor de centenares de bancos que sin
respaldo metálico, solían instalarse en lugares agrestes para
impedir que los tenedores de billetes tuvieran fácil acceso
geográfico a la convertibilidad (los llamados Wild
Cat Banks, bancos "gato salvaje"). La batalla
consistía en obligar al Estado a retirarse del negocio bancario
y dejar libre campo a los bancos emisores de billetes sin
respaldo. En 1846, el Estado establece su Tesorería
independiente, ajena a todo vínculo bancario y emisor. La
libertad de bancos se hizo una realidad. En 1862 había 1500
bancos que tenían 7 mil diferentes billetes en circulación, y
además 3 mil variedades de billetes alterados, 1700 variedades
de billetes falsos.
La
Guerra Civl dejó un legado de circulación de billetes
inconvertibles
AQUI
EEUU
estableció su primera ley de aduanas en 1789 con una moderada
pero ineficiente ley protectora. Luego de la segunda guerra con
Inglaterra, establece la tarifa de 1816 con un proteccionismo
"autárquico" y efectivo, que duró hasta 1840, cuando
comenzaron graduales reducciones aprobadas en 1833. En 1842
nuevas restricciones, y otra aflojada moderada en 1846. Pero
siempre dentro de un marco proteccionista suficiente.LA
ONDA®
DIGITAL
|