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La Historia como servicio al público...

...que se siente privado de la verdad,
toda la verdad,
y nada más que la verdad
Julio Rodríguez

Ponencia del historiador e investigador Julio Rodríguez, en el seminario "Servicios públicos: aportes hacia una política de Estado", organizado por el Centro de Estudios Estratégicos 1815, que preside el general ® Líber Seregni (15 de mayo de 2001).

Apología de la historia

La historia del pasado suele ser tanto o más impredecible que la pronosticación del futuro, porque el futuro es inescribible porque inexistente, mientras es extraordinariamente fácil escribir el tipo de pasado que se apetezca y necesite, en cada coyuntura cambiante que no puede resistir la pulsión de atribuirse el derecho de mejorar su pasado. Reescribir la historia es una tarea tan antigua como la escritura.  

El actual debate tiene, pues, antes mismo del debate, la tarea prioritaria de defender dogmas contrapuestos que han llegado a su recorrido final: el fundamentalismo, tras del cual ya no hay recorrido exploratorio, sino ronda y patrulla en torno al foso, contrafoso y muro. Ambos fundamentalismos contrapuestos han elaborado una sistemática abstracta, que unos pretenden legitimar en la historia empírica, para lo cual – en ambos bandos - se construye una historia para uso del Delfín propio; y que otros, más prudentes, o más astutos, pretenden legitimar por la pura lógica interna de modelos que no solo no precisan sino que abjuran de la historia. En definitiva o se construyen mitos modélicos o se diseñan modelos míticos (a veces primorosamente algebrizados).  

Si bien llevada, la ciencia histórica tiende a disolver mitos y fundamentalismos hasta un grado próximo al límite cero. Límite inalcanzable por definición, por haber otro límite de basalto, impenetrable, que es nuestro propio horizonte histórico, que por vasto que intentemos aprehenderlo, siempre es denso hasta casi el límite infinito. Por su parte, el mito y el fundamentalismo, que se someten empíricamente a un intervalo históricamente fugaz, decretan que como tales no tienen origen ni tendrán fin, por lo que tienden a llevar sus paradigmas hasta la proximidad del límite infinito.  

Bueno es recordar, que nacido el Estado, todas las formas económico-sociales han conocido la intervención y la propiedad pública del Estado y han conocido el mercado. Por tanto, desde entonces, no hubo, ni hay, ni habrá, en el cercano futuro previsible, sociedades que no vean la coexistencia de Estado, propiedad pública, propiedad privada y mercado.  

Todas las sociedades han visto nacer, crecer y desaparecer diversas concepciones sobre lo que es público y lo que es privado.

Todas han oscilado en su modo de entender, a su vez, qué parte de lo público debía ser privatizado, y qué parte de lo privado debía ser etatizado.

Razón por la cual, la historia, si es burdamente manipulada, puede dar renga y artera razón a todos los mitos y teorías fundamentalistas hoy presentes o que la libre imaginación pueda pergeñar.  

Remitiéndonos solamente a nuestra matriz civilizatoria occidental, si no todas, muchas sociedades corposas, inolvidables y nada descartables en el análisis, han visto una secular lucha de la sociedad civil con creciente sentimiento de identidad de lo privado, para sacudirse la paralizante estabilidad momificada del Estado sacralizado (Roma patriarcal u otras), con el fin de crear sociedades con cada vez más desagregación de lo público, con invasión de lo privado en actividades antes consideradas intocablemente públicas, hasta crear formas de desestabilización individualística (República romana o la que Ud. quiera) que volente nolente terminaron por suscitar la inversión de tendencia, con absorción creciente de la actividad privada por la pública (Principado o el ejemplo que guste) que en proceso igualmente exponencial transformó en público una enorme parte de la actividad privada, burocratizó, reglamentó, corporativizó, estamentó, hasta la minucia, a las actividades y a los hombres portadores de esas actividades (Bajo Imperio "if you like").  

Y por aquello de que nada nuevo hay bajo el sol, la megaestructura estatal-burocrática estalló como se dice que estallan las granadas de fragmentación, produciendo que todo lo público y todo el Estado fuesen privatizados por miríadas de señores feudales que en tanto sujetos privados se hacían justicia privada, y con mesnadas privadas también la guerra privada. De propia iniciativa privada eran jueces y gendarmes con cárcel privada, recaudadores de tributos privados, monopolistas privados de hornos de pan, molinos de moler, y lagares, privados propietarios de puentes, caminos y puertas, por las que cobraban pontazgos, peajes y portazgos. Que todo era privado hasta la luz y cobraban por ella para permitir su paso, tasando puertas y ventanas.

Era la Civitas Dei del liberalismo neto en la economía. 

Y quiso el destino socarrón, que otra vez la era de los "robber barons" pasase, y el Estado recuperase de modo lento, gradual y multisecular, los poderes decaídos y volviese a ser monopolista militar, dueño de la impartición de justicia, alguacil mayor, único recaudador de rentas e impuestos, señor de territorio con fronteras, aduanas y aranceles, dispensador centralista de rentas monopólicas y privilegios mercantiles, partero de burocracias con hidropesía y autonomía comprada y pagada, en fin, señor absoluto de todo lo que respira, anda, repta, nada, vuela y se mueve, animado o inanimado, en lo que es su jurisdicción, según se decía y se creía entonces, por gracia divina.  

Hasta que vino la nueva recuperación del individuo, señor de su cuerpo, de su voluntad, de sus movimientos, de su actividad, de los frutos de su actividad, cuyo efecto demoledor a nivel molecular, - como dicen que actuó el comején en el maderamen de la imponente mole del Escorial -, comiose la estructura absolutista-corporativa para darnos esta nueva sociedad capitalista que nos vio nacer a todos, es decir, a todos nosotros que no hemos conocido otra sociedad que no sea esta y que tendemos intuitivamente a considerarla como una forma la más próxima a la eternidad. Que lo creo, como buen peatón habituado a respetar la cartelería dominante. 

Excursus histórico que debiera hacernos ser prudentes, pacatos casi hasta ser silenciosos, flexibles, abiertos, tolerantes, capaces de comprender que todo puede cambiar tan aleatoriamente en el futuro como ha cambiado en el pasado, sin que ninguna época lo quisiese, ni lo propusiese, ni lo proyectase, ni creyese necesario organizarse para que viniese. Y que por el contrario, lo que los hombres quisieron, se propusieron, proyectaron, y creyeron necesario organizarse para que viniese, sencillamente no solo no vino, sino que ni siquiera vino nada parecido a lo que querían que viniese. Sin que esto nos desmoralice ni nos haga bajar los brazos para sí querer lo que está a nuestro alcance, que ya fue dicho que la libertad es la necesidad hecha conciencia… del marco real que en cada época se abre a la libertad practicable, que lo fue y lo será si se la busca tenazmente.  

De modo tal que conviene no alucinarse ante la exigencia sectaria que afirma que quién no está conmigo está contra mí, tan cerradamente desplegada por aquellos que quisiesen desplazar esta sociedad privatística y poner otra omniestatalizante ya diseñada y de quienes, por el contrario, quisieran conservarla intocada y libre de toda contaminación estatalista, y que consideran incompatible su mutua cohabitación y solo posible su solo y extremoso derrotero. 

Conviene no creer. Más vale dudar. Porque la historia nos implora que dudemos, de tanto hacernos ver las diversas (nacidas y extintas) soluciones que han despejado las ecuaciones de número infinito de grados que ha ido ofreciendo la vida y que me arriesgo a apostar de que seguirá ofreciendo. Sugiriendo la hipótesis – que, de ser posible -, solo habría que resolver las ecuaciones del presente, porque es imposible resolver las inexistentes (del futuro).

Salvo mejor opinión, que las hay pero no las recuerdo. 

La placenta histórica uruguaya.

Premisa de todo análisis de su forma específica de historia de servicios y empresas públicas 

I.- Un país nacido y poblado por y para el mercado mundial capitalista

Uruguay es un país típico de colonización, realizada en sucesivas oleadas inmigratorias europeas y de traslado esclavista de africanos, sobre una escasa población aborigen, que más allá de sucesivos mestizajes, desapareció como estructura social tribal sobreviviente. El poblamiento fue organizado en una determinada coyuntura mundial, en la que se pronunciaba el dominio económico y militar de Gran Bretaña y se profundizaba la formación del mercado mundial capitalista que objetivamente impuso el aprovechamiento de la riqueza ganadera uruguaya. Enfatizando la imagen, la sociedad uruguaya nace por y para el mercado mundial capitalista.  

El poblamiento particularmente intenso en el último tercio del siglo XVIII, está conformado en sus sectores altos en su mayoría por individuos que han internalizado la atomización individualística propia de relaciones mercantiles cotidianas, que persiguen la producción de valores mercantiles y la consiguiente pulsión de acumulación de capital. En los sectores medios y bajos, por individuos que habiendo roto los vínculos naturalísticos de relaciones comunitarias o de dependencia personal, procuran reiniciar una relación autónoma de apropiación de la naturaleza (la tierra) con el fin de asegurarse los medios de subsistencia (meta de producción de valores de consumo) y que saben y practican crecientemente la comercialización de excedentes para el mercado (meta de producción de valores de cambio).  

La ausencia de un sustrato consistente y competitivo de otro tipo de sociedad (tribal, feudal, incluso de dominancia mercantil-esclavista) creó las premisas de un sucesivo y casi incontaminado tipo de sociedad homogénea en cuanto a sus relaciones mercantiles y posteriormente capitalistas y en cuanto a la formación de valores consuetudinarios de percibir su propia sociedad como pura "naturalidad" con la consiguiente adecuación a sus relaciones y valores mercantil-capitalistas. Tanto más cuanto estos valores se continuaban reforzando en la densidad de una población inmigrante que ya los poseía en sus bases de partida. Esto permite que el Uruguay al filo de los siglos XIX-XX fuera el único país latinoamericano que había alcanzado la completitud de relaciones capitalistas en todo el ámbito de su jurisdicción nacional, sin retroterras precapitalistas consistentes.  

II.- Las fuentes de la acumulación de riqueza de la sociedad uruguaya

Uruguay realizó tempranamente una alta tasa de acumulación de capital. Y esa forma específica de alta tasa de riqueza en una escasa población, que le concediera una de los más altos ingresos per capita del mundo en la primera mitad del siglo XX, es una de las premisas de su específica forma de mecanismos de su distribución, de su temprana y específica forma de considerar lo público y lo privado, y de optar por el sector económico público.  

Pero esta opción tenía a su vez como premisa, que el desarrollo objetivo del proceso histórico le propusiera esa opción (y a veces de modo compulsivo), que esta opción le hubiera sido posible y que su forma posible no haya sido el de las opciones precapitalistas que han recorrido toda la historia humana , sino la forma moderna posible de optar por el sector económico estatal capitalista o capitalismo de Estado.

Esta compleja retícula de posibilidades específicas del Uruguay, merece al menos, de nuestra parte, que seamos capaces de sentirnos perplejos, y por lo tanto, de explorar hipótesis que rindan cuenta de ello. 

Reitero que todo lo que sigue a continuación es un sistema de hipótesis que están a prueba de futuras investigaciones que las mejoren, rechacen o sustituyan.

1.- La producción esencial del país, y sobre todo, la producción exportable, fundada en la ganadería, gozaba y goza de una alta renta diferencial. La renta diferencial es la que surge del bajo costo relativo de producción de la ganadería nacional por aprovechar de una notoria ventaja natural: la zona de pasturas naturales que proveen de alimentación, insumo fundamental del producto final ganadero; y de condiciones hídricas también excelentes.  

La renta diferencial no se materializa automáticamente en ganancia y esta en acumulación capitalista y esta, a su vez, en acumulación de riqueza nacional, si no se dan otras condiciones. En primer lugar, el aprovechamiento general de toda la producción de carnes para su inserción en el mercado mundial, cuya resolución tecnológica sobrevino con la revolución del transporte y de la frigorificación.  

Este acceso expandido de toda la producción cárnica al mercado mundial, acelera la incorporación de las razas finas (de carnes y lanas) y la sustitución de los tipos criollos por razas de alta productividad. La previa acumulación de capital permitió realizar la alta inversión en las empresas ganaderas. 

2.- Desde el punto de vista técnico, la ganadería conoce una especialización (poco o totalmente lograda) que corresponde a una división técnica del trabajo que no está demasiado alejada de la existente en la propia industria fabril, y a la cual pedimos prestada una cierta terminología. En la cadena productiva se puede reconocer la existencia de productores de reproductores genéticamente mejorados, reproductores, artículos en proceso, producto final. La intensidad rentable de esta cadena productiva, como la de tantas, se funda además en el acortamiento de los plazos para que se reduzca al óptimo la rotación de capital invertido. 

A diferencia de la producción de alimentos básicos de la periferia mundial, la ganadería posee lo que en diversos lenguajes de las escuelas económicas, podemos denominar, "alta composición orgánica de capital" o "alta intensidad de capital" en relación al costo de capital invertido en remuneraciones. Esta "alta intensidad de capital" de la ganadería no solo no es inferior a la de muchas industrias manufactureras a intensidad de trabajo, sino que en estos primeros decenios de acumulación de capital, podía ser incluso superior a la intensidad de capital de las industrias ligeras o tradicionales europeas. 

3.- Esta doble fuente de acumulación de capital nacional, fundada en su alta renta diferencial y en su alta composición a intensidad de capital de su producción básica, en definitiva podría haberse desvanecido fluyendo al extranjero, si dicha producción perteneciese a empresas extranjeras que apropiándose de ambas ventajas, exportasen sus ganancias a sus países y casas matrices. La empresa ganadera uruguaya es de propietarios residentes (no importa su lugar de nacimiento) que reinvierten su capital (o gastan su ingreso en consumos) dentro del propio país, que lo reinvierten en el sector ganadero, o en sectores industriales, comerciales y financieros del país, o incluso, en la adquisición de títulos públicos, que fue efectivamente una de sus lucrativas inversiones, y que permitió al Estado no solo financiar en ciertos períodos, el presupuesto corriente, sino incluso encontrar internamente buena parte de los fondos para sus inversiones productivas. 

4.- Por obvio que sea no se puede olvidar que la forma esencial de intervención económica del Estado es su política impositiva, sobre cuyo fundamento puede obtener diversas formas de rentas, y de aplicar una inversión productiva o improductiva de los recursos. Y esto importa recordarlo en la breve historia del Uruguay como país. Esta riqueza uruguaya, más allá de su distribución, fue a su vez la premisa de una alta capacidad de recaudación impositiva del Estado uruguayo, y en el largo período en que pervivió la arcaica estructura impositiva fundada en las rentas de aduana, le posibilitó una alta capacidad de recurrencia al crédito interno y externo. Y fue su existencia como recurso abruptamente incrementado el que permitió que se lo utilizase en una especialísima coyuntura que abrió la opción etatizadora y que habiéndose "visto que era buena", como en el Génesis, prosiguió vislumbrando opciones y luego ordenándolas en sistema de ideas de intervención sistemática del Estado en la economía, en la medida en que la parte del Estado en el incremento de la acumulación de capital uruguayo, y la coyuntura del mercado mundial, permitiera que se creyese y se confirmase posible su constante uso para materializar esos objetivos.  

III.- El movimiento pendular entre sociedad democrática y sociedad clientelar

Los hombres cuando no conocen las relaciones de igualdad, o cuando son despojados del acceso a los bienes, o cuando no disponen del amparo de las leyes, suelen apelar al amparo de las relaciones personales subsidiarias. Las relaciones personales han adoptado la forma de relaciones jerárquicas donde imperan las relaciones de dependencia personal que se erigen sobre un dado intercambio desigual entre superiores e inferiores. Los términos del intercambio pueden ser muy variados. Se dan y se reciben bienes y/o servicios de ambas partes.  

1.- No puedo detenerme en su historia uruguaya. Solo recordar su recorrido final: la modernización de la sociedad con el imperio de la ley y la creación juridizada de un Estado de derecho que sin embargo debió transitar caminos donde por un largo lapso se solapaba con fuertes reminiscencias de la ética del compadrazgo y el clientelismo como constante sustituto de la falencia o ausencia positiva de la ley y la igualdad.

Lo que importa es el problema histórico milenario: el desfasamiento entre una estructura real ya dominante y la percepción, ética y cultura aun arraigada, de la estructura que fue o que todavía permanece en nichos larvados de la sociedad.

Con la creación del Estado moderno, la cultura de amplias masas más allá de cuánto supieran sobre las modificaciones, seguía esperando de las estructuras de Estado y de los partidos, que continuaran la práctica clientelar de intercambio de bienes y servicios entre cúpulas y bases populares. La forma de participación en los bienes podía ir desde los contratos privilegiados hasta la participación burocrática de la renta del Estado como jerarca o funcionario común. Con el desarrollo expansivo de la universalidad del voto, el intercambio de voto contra participación en los cuadros burocráticos u otras formas de goce de la renta del Estado, cambió de forma pero dentro del mismo marco de valores de reciprocidad entre el dar y el recibir.  

La premisa de la acumulación creciente de riqueza nacional y de la creciente participación de las rentas del Estado en esa riqueza, otorgó al Estado y al partido de gobierno una amplitud creciente de poder clientelar, y como contrapartida una amplitud creciente de apetencia de los sectores populares para un uso clientelar de su distribución. No es casual que uno de los argumentos fuertes contra el crecimiento de la intervención económica del Estado, y en particular, contra las empresas del Estado, fue que esto redundaba en ventajas electorales del partido de gobierno a través de la potencial distribución clientelar del empleo y de la renta.  

La revolución democrática de la independencia nacional de sello artiguista tuvo dos vertientes profundamente enlazadas: por un lado fue la primera en declararse independiente, republicana, federal y democrática, por otro lado organizó y aplicó la única gran revolución agraria a favor de la masa de pobres del campo, de los excluidos, perseguidos y despojados en la era colonial. Tuvo, como se sabe, corta vida. El país se organizó bajo una constitución censitaria, privilegista, desigualitaria, expresa y confesadamente elitista, declarando como única humanidad política a la humanidad propietaria y arrojando al sótano de la humanidad a los no propietarios, dependientes y asalariados, a los esclavos y libertos. En ese marco el país vivió la intervención extranjera, guerras civiles sin pausa, motines, golpes de Estado, dictaduras. 

Pero más allá de las tormentas que estallaban en el cielo de sus pastores, en la tierra, las vacas y ovejas se reproducían porque sabían cómo hacerlo, y crecían porque los pastos crecían y con ellos, la riqueza se acumulaba en manos de los pastores ocupados en la épica. Al filo de los siglos 19-20, los dos grandes partidos históricos se combatieron en dos revoluciones para transar en la creación de una sociedad democrática y un Estado de derecho, tanto más viable porque la coyuntura mundial ofreció un auge económico sin precedentes a la economía nacional. La constitución democrática de 1917 coronaba un decenio largo de convivencia democrática y pacífica entre los partidos, que nadie hubiera imaginado posible en el siglo XIX. Era otro país. 

2.- La democraticidad de la sociedad uruguaya no se mide solo por la estructura formal de su constitución y sus leyes. Pero es imposible sin esta estructura formal; y todo lo que suponga su desprecio es un desprecio a la sustancia de la democraticidad. Y la sustancia de la democraticidad se funda en el conjunto de relaciones sociales, económicas, jurídicas, que suponen la existencia de hombres poseedores de su cuerpo, de su voluntad, de sus movimientos, capaces de optar por actividades sin coerción, por gozar de acceso a la educación, y por estar habilitados a consagrar su intercambio de actividades recíprocas bajo las garantías del contrato libre entre iguales, y de instancias justicieras que consagren su cumplimiento: en síntesis, en el consenso cotidiano y reflejo de que sus miembros se consideren recíprocamente como iguales poseedores del derecho a tener un derecho.

Y todo ello no es fruto de una revelación que reordena la sociedad en una deflagración instantánea, sino que es fruto de un largo proceso, donde la formación de una sociedad de hombres libres convierte su modo de estar en la sociedad en una conciencia cotidianamente reiterada y en una percepción consuetudinaria que termina por considerar que la sociedad que así vive es una forma más de la naturaleza y el paisaje. 

Es el momento en que la democraticidad asume la forma de historia, memoria, y de parte sustantiva de la identidad en que una sociedad se reconoce a sí misma. Y ésta, precisamente ésta, es la irreductible fuerza de la democraticidad de la sociedad uruguaya. 

Cuando esta conciencia y este consenso arraigados son violados, solo este tipo de sociedad estructuralmente democrática puede ser capaz de resistir a la violación y dar los pasos para su restablecimiento, precisamente porque el deshacimiento de la forma no puede cancelar la constante producción de democraticidad segregada por el mero funcionamiento de este tipo de sociedad. De ahí que apelando a este sentido de la democraticidad uruguaya, esta no solo no se vio desmentida por los paréntesis cesaristas y autoritarios de 1933 y 1973, sino que fue confirmada por el método del absurdo. La democraticidad sustancial salió en ambos casos reforzada, debido precisamente a una sustancia de relaciones societarias que constantemente gotean democraticidad y que muestran precisamente su sustantividad en que funcionan por inercia y naturalidad cuando se vive por generaciones la estructura formal democrática, y que no fallecen cuando se les sustrae esa estructura formal conquistada en faena secular porque tienen la doble existencia de democraticidad societaria real y de memoria de su pertenencia troncal de la identidad.  

Y a su vez, se ha vuelto a reiterar que la estructura formal democrática es la sola forma en que la sustancia de la democraticidad puede realmente manifestarse. Y en fin de cuentas se confirma que solo una burocracia autoritaria, cualquiera sea su signo (conservadora o jacobina), es la que termina gozando los frutos del desprecio de la estructura formal de la democraticidad que, mal que nos pese, se ha difundido recurrentemente en segmentos de la sociedad mundial y nacional durante diversas encrucijadas históricas de los últimos dos siglos.  

3.- El Uruguay es un país joven, y si bien, la elaboración y aceptación de un mito no necesita de milenios, es cierto que en una sociedad de poco más de doscientos años de existencia, un mito suele ser más fácilmente descalabrado por la historia en su marcha puramente profesional de investigación.  

Cien años son tres generaciones. Y en tres generaciones la historia es ante todo memoria: se tenía memoria de la igualdad de los hombres en sus orígenes y de su recurrente desigualdad por obra de despojos visualizables en cada generación y transmitidos por la memoria. Y el sentimiento de igualdad es la columna central del sentimiento de democraticidad. Iguales son los hombres, ergo, las relaciones democráticas lo son si son relaciones iguales, pero solo son posibles si hay hombres iguales que se otorgan recíprocamente la misma calidad. Esta era una fuente solidísima de la democraticidad uruguaya, que se sentía como inseparable del derecho igual de todos a participar en la riqueza bajo formas de distribución que la materializasen. Formas de distribución que podían fluir por doble cauce. No se optó por uno. Se utilizaron los dos: la distribución de intención democrática entre iguales, y la distribución clientelar entre diferentes. Más democrática en la hora del empuje reformista, más clientelar en la hora de su declive. Y en las transiciones, surgió una forma inesperada, la distribución "democráticamente" clientelar: la igualdad, o al menos la proporcionalidad democrática del derecho igualitario de los dos grandes partidos a ejercer con autonomía su viejo legado de capacidad clientelar legitimada por la historia.  

4.- Tal fue la lógica objetiva, impersonal, de este proceso histórico específico, de esta sociedad uruguaya específica. En la historia no hay libretos predeterminados. La historia no es el cumplimiento ni la violación de un proyecto ético y justiciero. Pero tampoco está clausurada la posibilidad de que lo sea. Si algo enseña la historia es que las variables rezagadas, las opciones descartadas, crean constantemente bifurcaciones que clausuran derroteros soñados, pero abren otros. La flecha del tiempo es irreversible, pero solo para el pasado; no hay futuro irreversible, por la maravillosa razón de que está abierto. Siempre podrá ser de otro modo, si defendemos otras variables y diseñamos otras opciones.  

Me permito interrumpir la secuencia cronológica concreta que debiera seguir a estas premisas históricas para enunciar lo que durante su análisis me han parecido las hipótesis interpretativas que conviene ensayar.

Y allí van las que denomino:

Hipótesis con vocación de tesis 

A) La intervención económica del Estado, las empresas del Estado, son comunes a todas las formaciones económico-sociales y no caracterizan a ninguna en particular.  

B) El mercado, entre individuos privados, corporaciones privadas, entes públicos, es común a todas las formaciones económico-sociales siempre y cuando estén presentes sus actores y el intercambio de sus actividades en un sistema de relaciones mercantiles mediadas por el dinero, y, por tanto, la existencia del mercado no caracteriza a ninguna en particular. 

C) La intervención económica del Estado, bajo forma de control de la produción, la distribución, la moneda, del comercio, de la exportación e importación, de los precios, ha sido común a todas las formaciones económico-sociales y no distinguen a ninguna en particular.  

D) Las distinciones corresponden a otro plano de las relaciones económico-sociales (que ahora no tratamos).  

E) Esto no significa que las diversas formaciones económico-sociales no hayan practicado prioritariamente determinadas políticas respecto a la intervención del Estado, incluida la propiedad de empresas públicas (con o sin monopolio público), en diversas épocas históricas de su desarrollo.  

(F) Esta política ha estado muchas veces dictada por razones coyunturales que en una práctica que sobrepasó los objetivos iniciales puede haber abarcado períodos más o menos prolongados.  

(G) Como todo acto de decisión política, se somete a exigencias económicas, sociales, jurídicas, políticas, culturales, ideológicas, inextricablemente enlazadas, en una coyuntura concreta e intransferible de una dada sociedad. 

H) Esta política o irrumpe modificando sustancialmente una práctica previa y suele ser fundamentada con un cierto equipaje teórico, o se limita a seguir una práctica ya existente que solo requiere legitimarse en la costumbre. Entre una u otra fase, suele percibirse una cierta transición, desde ese momento inicial en que se solicita ser aceptado como solución de emergencia y transitoria, hasta una fase rutinaria que se desenvuelve teorizando su propia práctica con discursos sistemáticos ausentes en su primera fase: la necesidad se hace virtud y la práctica se vuelve teoría, esta en sistema, en tránsito perezoso y a veces imperceptible hacia la dogmatización. 

(I) Si nos limitamos al período signado por el sistema económico capitalista, podemos percibir diversas fases en las que se han expandido regímenes de predominio de la estructura privatística y fases en las que se han expandido regímenes de predominio de la estructura estatista. Pero cualquiera sea el cuantum y el cómo en que tales regímenes han adquirido un predominio mayor o menor no se pueden olvidar ciertas premisas: (a) ambos han permanecido dentro del sistema económico capitalista; (b) incluso en las fases y países de mayor expansión estatista, el régimen privatístico seguía siendo el tejido principal del espacio económico; (c) extremadamente privatístico o extremadamente estatista, las fases que vieron su expansión no son productos de "desvíos de la razón teórica de la vera ciencia económica", ni fruto de modelos sistemáticos, sino formas que solo piden su legitimidad al hecho de ser fruto espontáneo, descentrado, no volitivo, de sociedades cuyas actividades económicas desembocaron en tales tendencias de cambios estructurales, y que luego de encontrarse con la criatura de un nuevo régimen entre los brazos, terminaron por convencerse e intentar convencer, que tal régimen era querido por la razón, por la vera ciencia, y que seguramente habría de perdurar sin retorno a esa fase previa cuyos pecados originales habían sido purgados con esta emergencia del régimen que ahora se juzgaba como tendiente a la eternidad. 

(j) Si esta hipótesis que expongo como un cuerpo abierto y tentativo de tesis, fuera cierta, como tiendo a pensar hasta prueba histórica en contrario, sería prudente por tanto abandonar el juego de suma cero entre diabolización y divinización de sistemas dogmatizantes de las fases empíricas recorridas, y por el contrario concebir que no está reñido con la razón, ni con la ciencia, ni con la conveniencia económica, social, política, que se debata tan serenamente como se pueda en este mundo real de contraposición real de intereses reales, que este debate sea en torno a un enfoque teórico y práctico de opciones alternativas, que más allá de una estrategia conjuntista, sea capaz de dar respuestas puntuales, diferenciadas, a cada uno de los sectores de servicios públicos problematizados, para los cuales puede haber soluciones en unos que quizás sean incompatibles en otros.  

(K) Más allá del desfasaje temporal entre modificaciones radicales (por lentas que sean) nacidas de las sucesivas revoluciones tecnológicas, y las políticas económicas que ensayan respuestas hasta convertirse en nuevas políticas económicas rutinizadas , no se puede menos que retener que cada fase cambiante entre predominio estatista y predominio privatístico, ha sido resultante de revoluciones tecnológicas separadas por intervalos cada vez menores. Y que por tanto, el actual debate no solo no repite las viejas confrontaciones de dos siglos de capitalismo, sino que se distingue por rasgos nuevos: (a) estamos ante la revolución tecnológica más radical de la historia de la humanidad; (b) es una serie inacabable de revoluciones tecnológicas que se acaballan entre sí; (c) su ritmo de novedades crece a tasas exponenciales; (d) este cambio exponencial no solo es difícil de ser digerido teóricamente por una percepción cotidiana y científica sacudida, sino que además nos inquieta porque nos plantea la paradoja de que es difícilmente institucionalizable, y que, por tanto, debemos resolver varios desafíos al mismo tiempo, y sobre todo el de encontrar formas que no se dejan descubrir fácilmente, de crear un "algo" que sustituya a las viejas formas rígidas y morosas de las instituciones económicas, que como tal, como instituciones se permitían la institucionalización porque se daba por descontado el eventual largo plazo de su existencia en un mundo de lentos cambios tecnológicos y económicos. 

(L) Las políticas económicas no han sido fruto de modelos teóricos, sino por el contrario, han sido los cambios estructurales económicos (y en todos los niveles analíticamente desgajables de una realidad única) los que han inducido a modificar lenta o abruptamente las políticas económicas, en cuya expansión han terminado por solicitar que se las comprenda teóricamente mediante esquemas y modelos generalizantes de los rasgos que en su reiteración y eficacia histórica segregan una percepción cotidiana de su funcionamiento que luego se vuelve teoría en los especialistas que toda cultura produce como sistematizadores de la percepción cotidiana, y por mediación de esta, de la realidad que ha impuesto esa percepción cotidiana. La realidad actual, al mismo tiempo gelatinosa y vertiginosa, posiblemente no solo descarte el tipo de batalla de los caballeros con armadura de las viejas polémicas dogmáticas, sino que quizás nos reclame la modesta tarea de organizar una secuencia de modelos comprensivos cuyo principal rasgo debe ser el de su sustitución sistemática, abierta, de modelos teóricos sin afectividad (no tendrán tiempo de crear escuelas y riñas académicas), y que por lo tanto serán pasibles de ser abandonados y descartados por sus voceros, por la razón del artillero: antes de imprimir sus tesis de doctorado, el mundo ya habrá cambiado. 

(M) Las nuevas condiciones de revolución tecnológica colocan un dilema de hierro a nuestra sociedad. Perder el tren no es solo quedarse en el andén, es ser arrollado por el que viene. Tendrá pues que estudiarse con participación paritaria de todos - Estado, partidos, empresarios, trabajadores, científicos y técnicos, la Universidad, las organizaciones sociales de todo cariz - las formas de acceso y aplicación de la novedad tecnológica. Aprendizaje y reaprendizaje son un continuo en la actual sociedad del conocimiento; y la educación y la ciencia son la principal fuerza de la producción, del desarrollo multifacético y conjunto de la sociedad y del individuo, y serán la única en el siglo comenzado.  

(N) Si alguna forma de resolución inmediata de ciertos servicios y empresas públicas supone – precisamente lo que debe ser probado - que el acceso a la tecnología derive en algún tipo de asociación con empresas privadas, nos plantea inexcusablemente una serie de problemas: (a) la inercia del viejo mundo (el de hace 20 años) hace que los operadores de los cambios continúen siendo un mundo de políticos, empresarios y trabajadores incluidos en los organismos que tradicionalmente los representan. Los políticos, más allá de intenciones, han sido esclavos de conductas clientelares y de relaciones personales de amiguismo y compadrazgo que han contribuido largamente a la elefantiasis burocrática y a la ineficiencia económica. En sectores felizmente menores incluso hemos sufrido fenómenos de corrupción y de colusión entre lo público y privado. La eliminación, absolutamente posible, y que adquiere un consenso cada vez mayor entre todos los partidos – quiero creerlo -, es el de darle inmediato fin al fenómeno, como condición sine qua non. Se lo haya pensado o no, se lo quiera o no, el problema de los servicios y empresas públicas está indisolublemente unido a la reforma desburocratizadora del Estado, solo posible llevando la revolución tecnológica a su interno; pero no menos indisolublemente unido, a la reforma de los partidos – de todos – con adecuación de los mismos a las tareas que se avecinan.  

El mundo de los empresarios tiene una tarea no menor. Formados en buena parte en el período proteccionista cuando el proteccionismo había dejado de cumplir su función defensiva contra el proteccionismo de las grandes potencias, incapaces de reconvertirse a tiempo, han tardado demasiado en convencerse que la rentabilidad ya no puede ser fruto de privilegios y subsidios y mucho menos fruto de la violación de los derechos económicos, sociales y sindicales de sus trabajadores. Quizás sea el sector social que más necesite de una profunda reforma estructural (reconversión tecnológica) y de su comportamiento y conciencia del nuevo tipo de empresariado, radicalmente diverso al que imperase en dos siglos de capitalismo, que exige la actual revolución tecnológica. 

En el sector de los trabajadores, los cambios serán, a mi entender, menos dificultosos, pero sí más traumáticos, porque deben reorientar su percepción y su comportamiento al mismo tiempo que sufren lo peor de la reconversión, con bajos salarios, con desempleo, y con urgencias donde se juega lo que ningún otro sector se juega: la subsistencia y la condición de dignidad. Sin embargo, sus tradiciones históricas de independencia, de rabiosa necesidad de comprender los mecanismos reales de la sociedad, para ponerlos al servicio de la milenaria aspiración de los excluidos a satisfacer las necesidades de todos los seres humanos, me hacen pensar que son el sector social más disponible a una auténtica revolución estructural.  

(Ñ) Las formas de asociación con el sector privado como instrumento de acceso a la inexcusable revolución tecnológica en curso, supone que se da por descontado que la empresa pública ya no es capaz de resolver el desafío que plantea la enorme brecha de conocimiento que nos separa de los centros donde ha deflagrado el salto científico y tecnológico. Dícese que la gallina hambrienta sueña con maíz. Pero sin ánimo voluntarista me parece obligatorio puntualizar que esta situación no fue fruto de un proceso natural de desertificación de la capacidad económica del Estado, sino fruto de un comportamiento erosivo humano-social y político de la quasi-fusión entre Estado y la adicción compulsiva al clientelismo partidista. De que pudo ser de otro modo lo demuestra el buen comportamiento de las empresas públicas en sus primeros veinte años de vida. Quizás, - soñemos despiertos -, valdría la pena una experiencia piloto en una determinada empresa pública, munida de un sistema de gestión orientado por profesionales, donde rigiera un sistema de participación en la gestión de parte de sus funcionarios, un sistema de remuneración que estimulase su compromiso eficiente, un régimen de aprendizaje continuo de sus cuadros y personal, una autonomía flexible que le permitiese regirse en un mundo competitivo con rápidas respuestas, sin desmedro de la responsabilidad patrimonial de sus gestores y sin desmedro de su transparencia inmediatamente controlable por los órganos reguladores. Me sentiría muy mal si esta no fuese una de las opciones en debate. 

(O) La otra opción a la vista es la asociación con el sector privado nacional o extranjero (o mixto) en sectores claves y estratégicos del Uruguay. Claves y estratégicos a un nivel superior incluso al del pasado, porque la revolución tecnológica transita en gran parte por sus carriles (la información, las telecomunicaciones, la energía). Y aquí nadie puede hacerse el distraído. Tenemos geográficamente demasiado cerca la delictuosa experiencia de vender las joyas de la abuela. Sabemos que para cualquier empresa trasnacional, la tentación de hacer un buen negocio es demasiado fuerte, y nadie es ni será como San Antonio y menos como Jesús, capaz de resistir la tentación de corromper los eslabones débiles del Estado para sacar ventaja a otro competidor y sustituir un monopolio público por un oligopolio privado. Cuando se agitan las aguas de la privatización, que nadie se haga el distraído. Los lobbies ya están armados en la línea de largada, con todos los componentes interdisciplinarios necesarios, con la pólvora seca y el gatillo celoso. Además, esta es una época de vertiginoso cambio tecnológico, por lo que la elección de la tecnología asociada no es tan sencilla. Lo peor que nos puede ocurrir es asociarnos a tecnologías perimidas o que recorren secuencias técnicas de corta vida. Y también aquí es bueno recordar que las tecnologías convertidas anualmente en chatarra, buscan siempre la posibilidad de reencarnarse en oro si encuentran quienes compren cuentas de colores. 

(P) Esto coloca la información plena, la transparencia total de toda la actividad económica del Estado, y la institucionalización de la información, la transparencia, y el control, que por sí mismas son el control social integral donde todos controlan a todos, porque se trata de la riqueza pública que pertenece a todos. Lo que en realidad se exige es que el pueblo como propietario de la riqueza económica a través de su personero, el Estado, tenga acceso al control de su propiedad, que el decálogo privatístico no puede repugnar, porque es conforme al principio mismo que la propiedad privada enarbola como su principal ventaja operativa y que se ha hecho objetivamente todo lo posible para que no sea, como debiera ser, el atributo esencial de la propiedad pública. 

(Q) Y por último - que es lo primero -, que toda solución (en el supuesto que se la halle) no puede olvidar que será realizada sobre seres humanos de carne y hueso, los trabajadores, que toda solución debe recordar que los seres humanos no son ni descartables, ni reciclables en materia prima aglomerada. Y sobre todo que, lejos de ser los responsables de la crisis que vivimos, son sus principales víctimas. Que por lo tanto, el primer requisito de una solución auténtica es que toda la sociedad se haga cargo de la reinserción de los marginados y desempleados y de su formación o recalificación para su inclusión paritaria en la nueva sociedad del conocimiento que está abriendo dolorosamente sus puertas.

De no ser así, asistiremos a otro torneo de retórica que siempre históricamente ha precedido al estancamiento, a la impotencia, y a la crisis. 

NOTA FINAL

Debido a la extensión que me ha insumido la síntesis histórica mundial y nacional de la peripecia de lo público y lo privado, he redactado un Apéndice para llenar ese vacío. Posiblemente, si hubiera acuerdo, será publicado en el libro anunciado por el Instituto. De todos modos, terminado el Seminario lo incluiré en mi sitio : Mondel. Netfirms.com

Apéndice 1

Esto dio lugar a la revolución artiguista y a una alta participación popular consciente de las masas de pequeños propietarios y poseedores pobres de la campaña lastimados por el empuje expropiador del latifundio colonial en los años inmediatamente previos a la revolución. Derrotada la primera oleada, esa memoria insepulta dio ánimo radical a la segunda oleada de la independencia y a la lucha de los poseedores por reivindicar el estatuto democrático y la propiedad democrática de la tierra por parte de la misma generación que había vivido la primera. En las dos primeras presidencias del país independiente, la vía democrática radical artiguista y su legado se vio definitivamente obturada. Las relaciones democráticas, horizontales, de igualdad entre los hombres, fueron sustituidas por relaciones verticales de inserción de los hombres en la pirámide de las relaciones personales de las divisas. Fue otra sociedad, que elaboró gestas, valores, figuras paradigmáticas, de la que digamos al menos, que era radicalmente distinta como estructura a la germinada por la hora mágica de la revolución artiguista. Y a la par de esa nueva sociedad y estructura, una valoración del pasado que se coronaba en otro mito: la "leyenda negra" de Artigas.  

Sobrevino la modernización, la irreversibilidad del país independiente, la necesidad objetiva de una figura que trascendiese la fractura binaria profunda de la sociedad, de un retroceso al país inescindido, al antes del después. De modo natural un mito fue derogado por otro unificante con la apología de un Artigas santón liberal fuera del tiempo y del espacio, orbitando muy alto en torno a su descendencia terrenal de divisas y caudillos hijos de su tiempo y de la debilidad de la carne. 

3.3.3.- El último tercio del siglo XIX ve coincidir procesos que desembocan en cambios estructurales no solo de la economía sino de la misma demografía y relaciones sociales de la campaña. Barrán y Nahum han descrito documentadamente la abundancia de terreno fértil para convocar alzamientos que de algún modo correspondiese a la difusa y generalizada conciencia de cambio radical de su civilización rural y estilos de vida y del oneroso precio que pagaban los eslabones pobres y débiles de la campaña a esa modernización de la que solo percibían su propio despojo; alzamientos en el cual encontraban el sentimiento de igualdad avasallado que estallaba en su "naide es más que naide" y en su llamado de retorno al pasado pletórico de carne y sin cercados y potreros en su "aire libre y carne gorda". 

Apéndice 2

Cuando en 1694 se funda el Banco de Inglaterra por suscripción pública entre privados, el Estado inglés le proporciona un seguro de existencia mediante la concesión de 100 mil libras como garantía de dividendos, al tiempo que lo convierte en apéndice financiero del Estado. Al mismo tiempo se difunden bancos privados bajo la forma de sociedades por acciones. Tanto el Banco de Inglaterra como los otros bancos privados sin privilegios emiten papel moneda. Es absolutamente imposible relatar la historia de fraudulentas bancarrotas de los bancos privados, que solo son canalizadas con la aparición de una legislación de control estatal. Parecía definitivo el triunfo de la emisión de billetes y la sagrada convertibilidad automática en monedas de oro. Pero el Diablo está en los detalles, como el de la larga coyuntura de guerra contra Francia. Por dos veces se producen graves crisis de liquidez y en 1797 se impone la bank restriction, o sea, se impone el curso forzoso del billete del Banco de Inglaterra, que en 1811 adquiere el estatuto de curso legal. El curso forzoso se extendió un cuarto de siglo, desde 1797 a 1821, en que se restableció la convetibilidad. Era el primer traspié de la doctrina librecambista.  

En 1825 y 1836 Inglaterra y el mundo capitalista sufren las primeras crisis cícilicas. En la primera aun regía la Ussury Law que imponía la tasa máxima del 5 % de interés. En la segunda crisis, el Banco de Inglaterra pudo haber optado por maniobrar la tasa de descuento (no tenía ninguna obligación legal), pero se negó a timonear la liquidez del mercado convencido de que la crisis debía dejarse librada a la autorregulación de la circulación. En 1847 hubo otra crisis y el Banco conforme a su concepción (currency school) canceló los créditos. El gobierno le obligó a usar la palanca del descuento con promesa de resarcir sus pérdidas (doble violación del automatismo). La crisis se resolvió. En 1857 se repitió la crisis, pero el Gobierno no esperó la ortodoxia del Banco, le ordenó utilizar la tasa del redescuento. Luego de cuatro crisis, la orden administrativa del Estado se transfiguró mágicamente en "automatismo" y en teoría pura. Manca la "mano invisible" sobrevino la ortopedia de la "mano visible" del Estado. En las siguientes crisis de 1866, 1890, 1907, hasta 1914, se hizo una suerte de common law, que el Banco de Inglaterra no cortase el descuento en la hora de pánico y que por el contrario lo continuase modificando la tasa. Desde entonces la ortodoxia y los manuales repiten que el Board of Governors del Banco de Inglaterra, como las sacerdotizas de Delfos, se limitan a recibir la orden automática de los dioses del mercado. La teoría de la "mano invisible" era impoluta, solo que la política económica (la "mano visible") debía adaptarla a la asquerosa realidad. 

No fue mejor el curriculum del resto de las palancas "automáticas" del libre mercado. Como se sabe pero es impúdico recordarlo, Gran Bretaña fundó su irresistible ascenso en el mercantilismo, proteccionismo y una "pizca de arsénico" (Voltaire) de piratería, corso, y guerra naval. Conociendo su propia biografía, prohibió la exportación de máquinas y la emigración de su mano de obra especializada. A medida que toma fuerzas pone cara de ángel, y en 1823 comienza a suprimir partes del Acta de Navegación, y se toma otro cuarto de siglo antes de cancelarlo en 1849. Entre 1825 y 1842 suprime con parsimonia sus medidas mercantilistas de defensa de secretos industriales y de la libertad de emigración de su mano de obra. En 1846 son abolidos los altos aranceles a la importación de cereales. Entre 1846 y 1860 en pasos lentos va suprimiento los aranceles proteccionistas sobre su producción general, y solo quedan 45 artículos donde no admite competencia. Como se ve el liberalismo británico supuestamente contemporáneo a la creación del universo, tuvo una preñez casi secular antes de ser casi totalmente aplicado. La criatura del libre cambio tuvo una muerte prematura: murió en 1914. De lo que puede afirmarse que fue una breve interrupción de tres cuartos de siglo en la larga histoia de ausencia de liberalismo. Luego de otros 65 años recomienza la nueva órbita del liberalismo británico con Thatcher. 

El liberalismo conoció entonces un frenesí que duró un decenio: de 1860 a 1870, la llamada "década liberal", tan excepcional pareció entonces cuando pasado el frensí en los años 70 todos volvieron al cálido regazo del proteccionismo. Entre 1878 y 1881 casi todos los países europeos vuelven al proteccionismo a un punto tal que en Gran Bretaña estalla el clamor de volver al proteccionismo propio. Gran Bretaña resiste con coraje y opta por la estrategia de que paguen la boda los indefensos de Africa y Asia. Se lanza a conquistar un imperio colosal tres veces mayuor del que poseía. Conquista así mercados cautivos. Desde entonces deposita allí las cuatro quintas partes de su producción industrial. Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Rusia, siguen ansiosamente la misma ruta colonial. El proteccionismo triunfa en todo el planeta. Los neoconservadores de nuestro país maldicen la hora en que poco después, Uruguay siguiera la misma política proteccionista. 

EEUU no padeció la fiebre liberal. Con una sólida e inmutable tradición proteccionista, su sistema de tarifas aduaneras era impenetrable sin que jamás sus dirigentes considerase que esto fuese contrario al credo individualista y liberal. Pero conviene observar su propia historia al respecto. Contra toda evidencia intuitiva, EEUU fue el primer país del continente en fundar un Banco de Estado, en 1791, cuando ya existían tres bancos privados. Su política conservadora fue tan combatida, que en 1811 cesó porque vencido su plazo no le fue prorrogado. La segunda guerra con Inglaterra en 1812 provocó el caos financiero. Los bancos de Nueva Inglaterra declararon la inconvertibilidad. El Estado no tuvo otro remedio que volver a pecar fundando el segundo Banco estatal, que desde 1823 también siguió una política de emisión restrictiva, provocando una violenta oposición de los deudores integrantes del partido "inflacionista" que llevó a su segundo cese en 1837. Eran años de desenfreno emisor de centenares de bancos que sin respaldo metálico, solían instalarse en lugares agrestes para impedir que los tenedores de billetes tuvieran fácil acceso geográfico a la convertibilidad (los llamados Wild Cat Banks, bancos "gato salvaje"). La batalla consistía en obligar al Estado a retirarse del negocio bancario y dejar libre campo a los bancos emisores de billetes sin respaldo. En 1846, el Estado establece su Tesorería independiente, ajena a todo vínculo bancario y emisor. La libertad de bancos se hizo una realidad. En 1862 había 1500 bancos que tenían 7 mil diferentes billetes en circulación, y además 3 mil variedades de billetes alterados, 1700 variedades de billetes falsos.

La Guerra Civl dejó un legado de circulación de billetes inconvertibles 

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EEUU estableció su primera ley de aduanas en 1789 con una moderada pero ineficiente ley protectora. Luego de la segunda guerra con Inglaterra, establece la tarifa de 1816 con un proteccionismo "autárquico" y efectivo, que duró hasta 1840, cuando comenzaron graduales reducciones aprobadas en 1833. En 1842 nuevas restricciones, y otra aflojada moderada en 1846. Pero siempre dentro de un marco proteccionista suficiente.LA ONDA® DIGITAL

 

 

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